¿Hay alguien ahí fuera?

Prólogo
El sobre no tenía remite, lo cual me pareció un poco extraño.
Empecé a inquietarme. Y más aún cuando vi mi nombre y mi
dirección…
Una mujer sensata no abriría este sobre. Una mujer sensata
lo echaría a la papelera y lo olvidaría. Pero excepto el
breve período entre los veintinueve y los treinta, ¿cuándo había
sido yo una mujer sensata? De modo que lo abrí.
Era una tarjeta, la acuarela de un cuenco con unas flores de
aspecto mustio. Era lo bastante delgada para notar que había
algo dentro. ¿Dinero?, pensé. ¿Un talón? Estaba siendo sarcástica,
aun cuando no había nadie allí que me escuchara, y en
cualquier caso estaba hablando para mí. Efectivamente, había
algo en el interior de la tarjeta: una fotografía. ¿Por qué? Ya
tenía muchas parecidas. Entonces me di cuenta de que estaba
equivocada. No era de él. Y de repente lo entendí todo.

PRIMERA PARTE
1
Mamá abrió bruscamente la puerta del salón y anunció:
—Buenos días, Anna, es la hora de tus medicinas.
Trató de andar con brío, como las enfermeras que veía en
las series de hospitales, pero el salón estaba tan abarrotado de
muebles que no tuvo más remedio que lidiar con ellos para llegar
hasta mí.
Ocho semanas atrás, cuando llegué a Irlanda, no podía subir
escaleras porque tenía la rótula dislocada, de modo que
mis padres me instalaron una cama abajo, en el Salón Bueno.
No me malinterpretes, era todo un honor: en circunstancias
normales solo se nos permitía entrar en esa habitación en
Navidad. El resto del año, todas las actividades de ocio familiares
—ver la televisión, comer chocolate, pelearse— se realizaban
en el abarrotado y remodelado garaje, que recibía el
pomposo título de Sala de la Televisión.
Pero cuando me instalaron la cama en el SB no había otro
lugar donde meter los demás objetos, como los sofás y las butacas
de borlas. De modo que ahora el salón parecía una de
esas tiendas de muebles de saldo donde hay montones de sofás
apiñados y tienes que trepar por ellos como si fueran rocas
de un malecón.
—Veamos, señorita.
Mamá consultó una hoja de papel, la planificación horaria
de mi medicación: antibióticos, antiinflamatorios, antidepresivos,
somníferos, cócteles vitamínicos, analgésicos que te daban
una agradable sensación de flotar y un miembro de la familia
de los válium que mamá guardaba en un lugar secreto.
Todos los frascos y cajas descansaban sobre una mesita de
madera labrada —de la que varios atroces perritos de porcelana
habían sido desterrados y ahora yacían en el suelo, mirándome
con resentimiento—, y mamá procedió a realizar una estricta
selección: hizo saltar cápsulas y sacó pastillas de los frascos.
Habían colocado la cama junto a la ventana en saledizo, para
que viera pasar la vida. Salvo que no podía: tenía delante un visillo
tan inamovible como un muro de hierro. No físicamente
inamovible, ya me entiendes, sino socialmente inamovible. En
los barrios residenciales de Dublín correr el visillo para «ver pasar
la vida» estaba tan mal visto como pintar la fachada de tu
casa de color fucsia. Además, por allí no pasaba vida alguna.
Aunque… lo cierto era que a través de aquella neblinosa barrera
había visto que, casi todos los días, una señora mayor se detenía
frente a nuestra verja para dejar mear a su perro, y a veces
incluso parecía que el perro, un terrier blanco y negro muy
mono, no tenía ganas de mear pero que la mujer insistía.
—Bien, señorita. —Mamá nunca me había llamado «señorita
» hasta entonces—. Abra la boca. —Echó un puñado de
pastillas sobre mi lengua y me tendió un vaso de agua. Lo
cierto es que me trataba muy bien, aunque yo sospechaba que
estaba actuando.
—Dios mío —dijo una voz. Era mi hermana Helen, que
volvía de una noche de trabajo. Se detuvo en la puerta del salón,
miró todas las borlas y preguntó—: ¿Cómo lo aguantas?
Helen es la menor de nosotras cinco y aunque tiene veintinueve
años todavía vive con nuestros padres. Y por qué no
iba a hacerlo, pregunta a menudo, si aquí tiene un techo gratis,
televisión por cable y chófer (papá). Cierto que la comida
es un problema, confiesa, pero ella tiene sus recursos.
—Hola, cariño —dijo mamá—. ¿Qué tal el trabajo?
Tras varios cambios de profesión, Helen —y, desafortunadamente,
no me lo invento— es detective privado. Suena mucho
más peligroso y emocionante de lo que es en realidad. Helen
se dedica principalmente a delitos menores y domésticos,
como conseguir probar que un marido es infiel. Yo lo encontraría
terriblemente deprimente, pero ella dice que no le importa
porque siempre ha sabido que los hombres son unos
cerdos.
Pasa mucho tiempo escondida entre setos húmedos con un
teleobjetivo, tratando de obtener pruebas fotográficas de los
adúlteros en el momento en que abandonan el nido de amor.
Podría vigilar desde el interior seco y caliente de su coche,
pero suele dormirse y la presa se le escapa.
—Mamá, estoy muy tensa —dijo—. ¿Qué tal un válium?
—No.
—La garganta me está matando. Gajes del oficio. Me voy
a la cama.
Helen pasa tanto tiempo junto a setos húmedos que siempre
le duele la garganta.
—Te subiré un poco de helado dentro de un minuto, cariño
—dijo mamá—. Pero no me tengas en ascuas. ¿Has pillado
a tu hombre?
A mamá le gusta el trabajo de Helen casi tanto como el mío,
que ya es decir. (Según parece, yo tengo «el mejor trabajo del
mundo».) A veces, cuando Helen está muy aburrida o asustada,
mamá incluso la acompaña a trabajar. Lo cual me trae a la
memoria «el caso de la mujer desaparecida». Helen tenía que
ir al apartamento de la mujer desaparecida para buscar pistas
(billetes de avión a Río, o cosas así…) y mamá la acompañó
porque le encanta meter las narices en las casas ajenas. Dice que
es increíble lo sucia que la gente tiene la casa cuando no espera
visita. Eso la consuela enormemente y hace que le resulte más
fácil vivir en su no siempre inmaculado hogar. Sin embargo,
dado que su vida empezaba a parecer, aunque fuera brevemente,
una novela policíaca, mamá se dejó llevar por el entusiasmo
e intentó entrar en el apartamento derribando la puerta
con el hombro, a pesar de que, y no me cansaré de repetirlo,
Helen tenía una llave. Y mamá lo sabía. Se la había dado la hermana
de la mujer desaparecida. Todo lo que mamá obtuvo de
su arranque fue hacerse polvo el hombro.
—No es como en la tele —protestó más tarde mientras se
lo masajeaba.
Luego, a principios de este año, alguien intentó matar a
Helen. Nuestra reacción no fue tanto de conmoción porque
algo tan horrible pudiera ocurrir, sino de asombro porque no
hubiera ocurrido antes. En realidad no fue un atentado contra
la vida de Helen. Alguien lanzó una piedra por la ventana
de la sala de la tele durante un episodio de Eastenders, probablemente
algún adolescente del vecindario que expresaba así
su estado de marginación juvenil. Sin embargo, al rato, mamá
ya estaba al teléfono contando a todo bicho viviente que alguien
estaba intentando «meterle el miedo en el cuerpo a Helen
», porque la querían «fuera del caso». Teniendo en cuenta
que «el caso» era la investigación de un pequeño fraude, para
lo que el empresario le había pedido a Helen que instalara una
cámara oculta para ver si sus empleados birlaban cartuchos de
impresora, la teoría de mamá parecía poco probable. Pero
quién era yo para aguarles la fiesta, que es exactamente lo que
habría hecho: mamá y Helen son tan melodramáticas que todo
este asunto les parecía de lo más emocionante. A papá no,
pero solo porque le tocó barrer los cristales y tapar con una
bolsa de plástico el hueco de la ventana, que se quedó así hasta
que apareció el cristalero, unos seis meses después. (Sospecho
que mamá y Helen viven en un mundo de fantasía y creen que
alguien llegará para convertir sus vidas en una serie de televisión
de gran éxito. Donde ellas, huelga decirlo, se interpretarán
a sí mismas.)
—Sí, le he pillado. En fin, me voy a la cama. —Pero en lugar
de irse, Helen se tumbó en uno de los muchos sofás—. El
hombre ha visto que le estaba haciendo fotos desde el seto.
Mamá se llevó una mano a la boca, como haría una persona
en la tele para expresar consternación.
—Nada grave —prosiguió Helen—. Hemos tenido una
pequeña charla. Me ha pedido mi número de teléfono. ¡Capullo!
—añadió con virulento desdén.
El problema de Helen es que es muy guapa y los hombres,
incluso aquellos a los que espía por encargo de la esposa, se enamoran
de ella. Aunque yo le llevo tres años nos parecemos mucho:
somos bajitas, tenemos el cabello largo y moreno y unos
rasgos casi idénticos. Mamá nos confunde a veces, sobre todo
cuando no lleva puestas las gafas. Pero Helen, a diferencia de
mí, tiene magia. Funciona a una frecuencia única que cautiva
a los hombres; quizá es debido al mismo principio por el que
solo los perros pueden oír ciertos sonidos. Cuando los hombres
nos conocen, su desconcierto es evidente. Hasta puedes ver lo
que están pensando: parecen iguales, pero Helen me ha seducido
totalmente, mientras que Anna me deja frío, la verdad…
A los hombres eso no les hace ningún bien. Helen presume
de que nunca se ha enamorado, y la creo. Es inmune al romanticismo
y pasa de todo y de todos.
Incluso de Luke, el novio de Rachel. Bueno, ahora es el
prometido. Luke es tan sexy y está tan lleno de testosterona
que siempre temo quedarme a solas con él. Es encantador,
realmente encantador, pero… demasiado hombre. Me atrae y
al mismo tiempo me repele, si eso es posible, y todo el mundo
—incluida mamá, y me atrevería a decir que hasta papá— se
siente sexualmente atraído por él. Excepto Helen.
De repente mamá me agarró del brazo —del sano, por
suerte— y susurró, muy agitada:
—¡Mira, es Angela Kilfeather, la Chica Alegre! ¡Y va con
su novia Alegre! ¡Debe de haber venido a ver a sus padres!
Angela Kilfeather es la criatura más exótica que ha dado
nuestra calle. Bueno, no es del todo cierto. Mi familia es mucho
más apasionante —con sus matrimonios rotos, sus intentos
de suicidio, la adicción a las drogas de Helen—, pero
mamá utiliza a Angela Kilfeather como ejemplo: por muy
desastre que sean sus hijas, por lo menos no son unas lesbianas
que se morrean con sus novias junto a las casas de los vecinos.
(Helen trabajó en una ocasión con un indio que, por error,
tradujo la palabra «gay» por «Chico Alegre». Gustó tanto que
casi todos mis conocidos —incluidos mis amigos gays— empezaron
a referirse a los homosexuales como «Chicos Alegres
». Y dicho siempre con acento indio. La conclusión lógica
fue que las lesbianas eran «Chicas Alegres», dicho también
con acento indio.)
Mamá pegó el ojo a la rendija que había entre la pared y el
visillo.
—No puedo verlas bien, pásame tus prismáticos —ordenó
a Helen, que procedió a sacarlos rápidamente de la mochila,
pero para su uso personal.
Siguió un duro forcejeo.
—Van a irse —suplicó mamá—. Déjamelos.
—Si me prometes que me darás un válium el don de la visión
panorámica será tuyo.
Mamá se hallaba ante un dilema, pero hizo lo correcto.
—Sabes que no puedo —repuso remilgadamente—. Soy tu
madre y sería una irresponsable si cediera.
—Allá tú —dijo Helen antes de mirar por los prismáticos
y murmurar—: ¡Santo Dios, qué pasada! —Y luego—. ¡Joder!
¿Qué intentan hacer? ¿Una amigdalotomía bollera?
Para entonces mamá había saltado del sofá y estaba intentando
arrebatarle los prismáticos. Forcejearon como niñas
hasta que chocaron con mi mano, la que no tenía uñas, y mi
grito de dolor les ayudó a recuperar la compostura.