Bajo del Edredón - Extracto


Introducción
Hola y bienvenidos a Bajo el edredón, un libro periodístico.
Digo «periodístico» aun cuando los artículos aquí recogidos
son, en su mayoría, piezas autobiográficas de humor sobre
temas como mi pasión por el maquillaje, la mala salud o el
miedo a verme atrapada en el interior de un autocar, en un
país extranjero, con cuarenta irlandeses (por las canciones).
También hay artículos más serios sobre feminismo, médiums
y viajes benéficos que hice a Etiopía y Rusia.
En esta ocasión el libro incluye, además, algunos de mis
relatos cortos. Bueno, en realidad creo que todos, los siete. El
caso es que me cuesta mucho escribir relatos cortos. (La clave
está en el nombre: son demasiado cortos. Cuando por fin
empiezo a meterme en los personajes y la trama, es hora de
acabarlos. De ahí que haya escrito tan pocos.)
Esta obra también recoge el llamado Consultorio de
Mamá Walsh. Mamá Walsh es un personaje que aparece en
algunas de mis novelas en calidad de secundario (de hecho, de
madre) y que con el tiempo ha ido adquiriendo vida propia.
Obedeciendo a las peticiones de los lectores, ahora ofrece
prácticos consejos desde mi página web. Me preocupa un
poco que por el hecho de haberle otorgado una sección en
este libro se me desmadre. Puede ser muy estentórea cuando
quiere.
Algunos artículos de esta colección han sido publicados
con anterioridad y el nombre de la publicación aparece al final
del texto. Gracias a todos, sobre todo a la maravillosa
Marie O’Riordan de Marie Claire, por haberme permitido
reutilizarlos.
Antes de que alguien me escriba para preguntármelo, todo
lo narrado en los artículos de no ficción de este libro me ocurrió
de verdad (sí, incluso cumplir cuarenta). En algunos casos,
no obstante, he cambiado los nombres de las personas
implicadas con el fin de protegerlas (y, en ocasiones, de protegerme
a mí).
Todas las regalías de las ventas en Irlanda de la edición de
tapa dura irán destinadas a To Russia With Love (Para Rusia
Con Amor), una maravillosa organización benéfica que trabaja
con huérfanos rusos. Muchas gracias por leer este libro.
Espero sinceramente que os guste.
Marian Keyes

BOLSOS Y TRAPOS
Lo mejor que me ha pasado
en la vida
Parecía un sueño hecho realidad. Mi amiga Aoife había sido
nombrada redactora jefa de una revista femenina irlandesa.
Después de felicitarla, le dije:
—Podrías darme un trabajillo como columnista de belleza.
—Vale —contestó ella.
La miré fijamente y exclamé:
—¡Ja, ja, ja!
A lo que ella respondió:
—Hablo en serio. —Y durante un breve instante el mundo
dejó de girar sobre su eje—. Hablo en serio —repitió—.
Iba a proponértelo pero te has adelantado.
Y esa noche me fui a casa pensando: soy la persona más
afortunada del planeta.
La idea era que yo tuviera mi propia página en la revista,
donde debía probar seis o siete marcas de un producto concreto
y puntuarlas del uno al diez. Generalmente, cuando emprendo
una tarea nueva me pongo nerviosa y dudo de mi
capacidad para hacerla bien, pero esta vez fue diferente. Había
nacido para eso. Conocía el tema al dedillo. Podía defenderme
en cualquier debate sobre radicales libres o algas marinas.
Podía distinguir entre el brillo de labios de Stila y el
brillo de labios de Bobbi Brown con solo mirarlos.
Aoife me había contado que iba a ponerse en contacto con
un montón de relaciones públicas de belleza para decirles que
me enviaran sus productos. De modo que al día siguiente ya
estaba esperándolos. Me pasé la semana frente a la ventana de
la sala, pegada la nariz al cristal, esperando, esperando…
Los días pasaban sin que me llegaran cosas gratis y, justo
cuando empezaba a pensar que todo había sido una broma, el
camión de Lancôme se detuvo delante de mi puerta. (Mirándolo
ahora, probablemente era el cartero montado en su bici,
pero mi entusiasmo hizo que adquiriera cualidades míticas.)
Él Mismo abrió la puerta y, a renglón seguido, me colocó
un grueso sobre acolchado en los brazos. Con manos temblorosas,
lo abrí, vertí el contenido sobre la cama y casi vomité
de emoción. Me habían enviado la última crema de noche
—cara y fabulosa—, pero lo mejor era la selección de cosméticos
para el otoño. Comprendía un colorete, cuatro sombras
de ojos combinadas, una barra de labios, un esmalte de uñas
y, el colmo de los colmos, un nuevo tono de Juicy Tube.
¡Nunca lo olvidaré!
Obligué a Él Mismo a jugar a la «Señorita Lancôme» conmigo.
A veces él hacía de clienta que entraba en la tienda para
conocer los tonos de la nueva temporada y yo hacía de Señorita
Lancôme que se lo enseñaba todo. Otras veces yo era la
clienta y él la señorita al otro lado del mostrador. Jugamos
alegremente durante horas. Lo obligué a ello. Incluso cuando
me suplicaba que paráramos.
Entonces llegó mi hermana para compartir nuestra dicha,
pero cuando vio el Juicy Tube la cosa amenazó con ponerse
fea, sobre todo cuando se enteró de que tardaría seis semanas
en llegar a las tiendas.
—Te lo compro ya —dijo. Pero ni todo el oro del mundo
habría conseguido que me separara de mi Juicy Tube—.
No me obligues a tener que robártelo —añadió con dulzura.
De modo que mandé un correo electrónico a la chica de
Lancôme deshaciéndome en excusas y lamentos, y adivina
qué: ¡me envió otro!
Dos días más tarde llegó el camión de Clinique cargado de
golosinas: barras de labios, crema facial para todas las estaciones
y no una base sino dos. Poco después se detuvo fuera el
camión de YSL con (lo que parecía) casi toda su nueva línea
de otoño para que yo la probara.
Era como estar enamorada. Me sentía mareada, aturdida,
tenía la risa tonta y solo podía pensar en mis cosméticos gratuitos.
Los iba colocando en una cestita junto a la cama para que
fuera lo primero que viera al despertarme. Cuando ya no pude
convencer a Él Mismo de que jugara conmigo a la Señorita
Lancôme (o la Señorita Clinique o la Señorita YSL), empecé a
jugar sola. Unas veces ordenaba mis productos por marcas y
otras por partes del cuerpo (todos los productos labiales en un
lado, todos los productos cutáneos en otro, etc.).
Él Mismo y yo misma cenamos todos los jueves en casa
de mis padres, de modo que ese jueves en concreto me llevé
todos mis productos gratuitos y los volqué sobre la mesa de
la cocina para que pudieran admirarlos. Mi madre, en lugar
de maravillarse, se inquietó: tenía que haber gato encerrado.
Papá entró entonces en la cocina, encontró las listas de precios
y procedió a sumar el valor de cuanto me habían enviado.
(El que nace contable, muere contable.) Hechos los cálculos
—la cifra ascendía a más de trescientos euros— me miró
boquiabierto. «Es una vergüenza», declaró.
La revista era quincenal y, con una imaginación desbordante,
empecé a planificar mis columnas. Primero con semanas
de antelación, luego meses. Elaboré todo un plan que
abarcaba desde el inicio del otoño hasta el final del invierno,
con las columnas sucediéndose del siguiente modo: nuevos
tonos de labios, nuevos tonos de ojos, cuidado facial para el
invierno, las manos en la estación invernal y, a medida que se
acercara la Navidad, una columna sobre «cómo disimular la
cara de resaca», un especial sobre maquillaje para las fiestas,
una guía para comprar regalos y, por último, ¡los mejores
treinta productos del año! Una vez en enero empezaríamos,
cómo no, con un especial de eliminación de toxinas; de ahí
pasaríamos a detalles bonitos para el Día de los Enamorados
y, poco después, saldrían los nuevos tonos de primavera… En
septiembre ya lo había planeado todo.
Me instalé a tiempo completo en un mundo ideal de rímeles
ultradensos y contornos de ojos que desafiaban el paso del
tiempo mientras se me amontonaban las novelas a medio escribir,
descuidaba el trabajo de promoción y desatendía a la
familia y los amigos. Como soy una perfeccionista (o sea, una
chiflada) no quería que mi columna fuera una columna de
belleza más, un revoltillo de comunicados de prensa. Quería
que fuera increíblemente divertida e ingeniosa, y en mi cabeza
no quedó espacio para nada más. (Entre mis platos fuertes
estaba describir la Reparadora de Clinique como «Es crema
de noche, Jim, pero no como nosotros la conocemos», y
el gel de ducha Fuera Tristeza de Origins como «Prozac por
un tubo».) Escribía y reescribía sin parar, cortando, añadiendo,
afilando y puliendo. Lo reconozco: estaba obsesionada.
Tenía que puntuar del uno al diez, pero estaba tan enamorada
de todos los productos que recibía que no conseguía darles
una nota por debajo del ocho. Mis valoraciones oscilaban
entre el ocho y el nueve, pasando por los decimales (8,5). Alguna
que otra vez daba un diez sobre diez y confieso que en
más de una ocasión concedí un once sobre diez. Sí, y un doce.
Hasta un quince, pero solo cuando el producto realmente lo
merecía.
Mi labor incluía ponerme en contacto con esas omnipotentes
mujeres, las relaciones públicas de belleza, guardianas
de las golosinas. Temblando como un flan, telefoneaba, comunicaba
mi nombre y rango y terminaba diciendo: «De
modo que si está interesada en que cubramos sus artículos,
hágamelo saber». En otras palabras: «Por favor, envíeme cremas
gratis. Porfa, porfa».
Nunca me ha gustado pedir cosas a cambio de nada, a pesar
de que, como Aoife no paraba de recordarme, yo ofrecía
cobertura y, por tanto, les estaba ahorrando un montón de
dinero en publicidad. Y lo curioso era que no existía una
correlación entre la categoría de la marca y su generosidad.
Había dado por sentado que cuanto más caros y exclusivos
fueran los productos, menos probabilidades tendría de conseguirlos,
pero la cosa no funcionaba así. Marcas totalmente
deseables, marcas por las que yo, en el pasado, había pagado
mucho dinero, como Prescriptives y Clinique, eran sumamente
generosas, y su personal, formado por chicas encantadoras,
no me hizo sentir en ningún momento como una gorrona
avariciosa. Y Jo Malone, unas de las marcas más amadas
y bellas de este planeta, me envió productos tan exquisitos
que tuve que tumbarme en un cuarto en penumbra. Chanel,
por el contrario, me mandó al cuerno. Bueno, no con esas
palabras, pero cuando expliqué mi misión a una apática francesa
del departamento de prensa, me contestó desdeñosamente:
«Nosotros no damos a probag». Eso habría bastado para
que yo respondiera: «¿Ah, no? ¿Es que tienen miedo de suspender?
». Consciente, no obstante, de que la posibilidad de
obtener productos Chanel gratuitos se me estaba escurriendo
de las manos, me doblegué vergonzosamente y prometí
una «cobertura envidiable». Pero poner en juego mi integridad
periodística no me sirvió de nada, y nada me llegó de
Chanel, ni siquiera una muestra de contorno de ojos.
Pero a cada caída sucedía una remontada. El día que el camión
de Decléor llegó cargado hasta arriba de espléndidos cosméticos
franceses fue otro gran momento, un recuerdo que extraigo
y lustro de tanto en tanto, cuando estoy decaída.
Si el producto no era el adecuado para mi tipo de piel yo
lo recibía con igual alegría, y una vez acumulados los suficien22
tes organizaba una fiesta para repartirlos entre amigos y familiares.
Tenía la sensación de que prácticamente todos los días era
mi cumpleaños. Y no conocer el contenido exacto del sobre
era emocionante. Podía traer cualquier cosa: un perfume
nuevo, una crema de noche sobre la que leería en Vogue al
cabo de un mes, juegos de manicura obligados, brillos de labios,
sérums carísimos o, como ocurrió en una desgraciada
ocasión, una pomada para los herpes. Cada mañana, mientras
esperaba la llegada del cartero, experimentaba un incremento
paulatino de mis niveles de adrenalina. Me ponía de un humor
de perros si el hombre no traía nada, y no digamos si me
llevaba un comunicado de prensa sin producto. A eso lo llamo
yo hurgar en la herida. Pero había firmas que utilizaban
mensajeros, de modo que, aunque el cartero ya hubiera pasado,
cada vez que sonaba el timbre de la puerta me entraba
un subidón. Fuera quien fuera —oportunistas ofreciéndose a
limpiar nuestros canalones, mi padre pidiendo que le devolviera
su carrito de servicio— todos mis sentidos se ponían en
guardia mientras me preparaba para recibir otro paquete y
brindarle un hogar feliz.
Esa columna de belleza era, sin lugar a dudas, lo mejor que
me había pasado en la vida. De niña había vivido con la triste
esperanza de que mi padre dejara su trabajo de contable público
y abriera una tienda de golosinas para que yo pudiera
tener cosas ricas a mano las veinticuatro horas del día. En
ese momento estaba viviendo la versión adulta de ese sueño.
Él Mismo me observaba con preocupación desde el banquillo.
—Cuando dices que esto es lo mejor que te ha ocurrido
en la vida, ¿no querrás decir que es mejor que la publicación
de tu primer libro?
—¡Sí!
—¿Mejor que dejar de beber?
—¡Mejor!
—¿Mejor que… mejor que conocerme a mí?
—¡Mejor! Lo siento.
Me acusó de haberme vuelto muy rara, de comportarme
como una «señoritinga».
—Ahora tardas horas en arreglarte —dijo—. Antes eras
tan rápida como un hombre.
Y estaba en lo cierto. Tenía tantas cosas para ponerme en
la cara, que arreglarme para salir me exigía mucho más tiempo.
Antes solo utilizaba una hidratante coloreada, pero en esa
época tenía contorno de ojos, crema de día, corrector, base de
maquillaje, tapaojeras, colorete y polvos brillantes.
—Pareces una manzana caramelizada —decía Él Mismo.
La situación alcanzó su punto crítico dos días después.
Había transcurrido casi una semana sin que me llegara nada
y, como había estado dando la lata a varias relaciones públicas,
sabía que algo tenía que estar a punto de caer pero temía
que hubiese volado. No habría sido la primera vez: pocos días
antes había desaparecido un envío de lo mejor de Laura Mercier.
Estaba en mi dormitorio buscando otra palabra para «pestañas
», cuando oí un alboroto en la puerta. A renglón seguido,
Él Mismo entró en el cuarto con un cajón de plástico azul
repleto de sobres acolchados. Un montón de sobres. ¡De muchas
firmas diferentes! ¡Acababa de tocarme el gordo! Eufórica,
alargué los brazos y dije «Dame». Pero Él Mismo dejó
caer el cajón en el suelo.
—No era el cartero. Tuvieron que traerlo en una furgoneta
especial. ¡Esto está yendo demasiado lejos! —gritó.
Salió enfurecido del cuarto, pero su actitud cambió cuando
descubrimos que uno de los sobres estaba lleno de productos
Clinique para hombres. Ocho artículos diferentes que
Él Mismo se apresuró a trasladar al cuarto de baño para probarlos
sin más tardar. Luego se volvió hacia mí, plasmado el
arrepentimiento en su (exfoliado, hidratado, abrillantado)
rostro y dijo:
—Creo que estoy empezando a comprender cómo te
sientes.
De vez en cuando me ponía mi ropa buena y me encontraba
con otras articulistas de belleza en el lanzamiento de
algún producto. Pero pronto descubrí que no sabía cómo
comportarme. Me entusiasmaba la idea de estar comiendo en
un buen hotel, sabedora de que me marcharía cargada de
cosméticos gratuitos. Las demás mujeres, sin embargo, parecían
periodistas políticas interrogando a Donald Rumsfeld. Se
sentaban muy rectas, con el bolígrafo erguido sobre la libreta
y el rostro severo, y ladraban preguntas incisivas. «¿Esta
crema de día tiene FPS?» «Si es tan estupenda, ¿por qué hay
que complementarla con un sérum?» Y la más cruel de todas:
«¿Qué necesidad tenemos de utilizar cremas de día cuando
podemos meternos una inyección de botox?».
Pero, con la misma brusquedad con que había empezado,
el sueño terminó. Corrió la noticia de que la revista estaba a
punto de cerrar. Las cosas le iban bien pero el propietario
había decidido dedicarse a la especulación inmobiliaria. Veinte
personas se quedaron en la calle. Yo estaba destrozada.
Traté de mantener la objetividad —era una niña mimada con
una situación muy diferente de la de los pobres desdichados
que habían perdido su empleo—, pero nada. La forma tan
inesperada con que todo había terminado me hacía sentir
como si acabara de vivir una experiencia cercana a la muerte.
No sabemos cuándo nos puede tocar. Deberíamos vivir cada
brillo de labios como si fuera el último.
Lógicamente, me tocaba a mí telefonear a todas las relaciones
públicas de belleza con las que había estado tratando
para decirles que me sacaran de su lista de direcciones. La idea
me horrorizaba y, para ser franca, tenía la esperanza de que
mi sinceridad, sumada a cierta dosis de solidaridad por mi
situación, las llevara a mantenerme en ella. «Por supuesto.
¿Qué importancia tiene para nosotros una bolsa de regalo
más o menos?», había confiado en oírles decir. Pero no.
Los magníficos sobres acolchados, cual cartas de ultratumba,
continuaron llegando durante los días siguientes a la
terrible noticia. Habían sido enviados antes de que el rumor
sobre el cierre de la revista hubiera saltado a la luz. Y luego
el grifo se cerró por completo, y después de ocho deliciosos
meses llegó el momento de continuar con mi vida.
Inédito