Claire se queda sola - Extracto


PRÓLOGO
El 15 de febrero es una fecha muy señalada para mí.
Es el día en que di a luz a mi primera hija. También es
el día en que me abandonó mi marido. Y como estuvo
presente durante el parto, sólo me cabe suponer que los
dos hechos no estaban desconectados del todo.
Sabía que tenía que haber hecho caso de mi instinto.
Yo suscribía el clásico papel, o quizá sería mejor llamarlo
tradicional, que el padre desempeña durante el
parto de sus hijos. Que consta de los siguientes puntos:
Enciérrelo en un pasillo al otro lado de la sala de
partos. No le permita la entrada en ningún momento.
Entréguele dos paquetes de cigarrillos y un encendedor.
Ordénele que camine hasta el final del pasillo. Al llegar
a esta feliz posición, ordénele que dé media vuelta y que
regrese al punto de partida.
Repítase tantas veces como sea necesario.
Restrínjase la conversación. Se le permite cruzar algunas
palabras con otro futuro padre que pasee junto a
ellos:
—Es el primero. —Sonrisa irónica.
—Felicidades, mi tercero. —Sonrisa compungida.
—Me alegro. —Sonrisa forzada, ¿trata de decirme
que es más viril que yo?
En esos momentos la sensibilidad está a flor de piel.
También se le permite abalanzarse sobre cualquier
doctor que fatigado emerja de la sala de partos, cubierto
de sangre hasta los codos, y preguntar jadeando:
—¿Alguna novedad, doctor?
A lo que tal vez el doctor responda:
—¡Santo cielo! Qué va. Ni siquiera se ha dilatado
tres centímetros.
Tu hombre asentirá convencido, aunque todo lo que
haya entendido es que aún queda un buen rato.
También se le permite que su semblante refleje algún
espasmo de ansiedad al escuchar los gritos agónicos
de su amada provenientes del interior de la sala. Y cuando
todo haya terminado, y la madre y la criatura estén
adecentadas, y la madre lleve un camisón limpio y esté
recostada sobre almohadas de encaje, fatigada pero rebosante
de júbilo y la hermosa criatura esté amamantándose
en sus pechos, entonces, y sólo entonces, se debe
permitir la entrada al padre.
Pero no; cedí ante las presiones de mis coetáneos y
acepté mostrarme moderna al respecto. Te aseguro que
tenía mis reservas. Es decir, que no me gustaría que mis
amigos y familiares asistieran a mi operación de… pongamos
por caso… apéndice. ¡Es humillante! Te encuentras
en desventaja. Toda esa gente que te mira, que ve
partes de tu cuerpo que tú nunca has visto, ni siquiera
con un espejo. Yo ignoraba qué aspecto tenía mi intestino
grueso. Y, del mismo modo, tampoco sabía qué
aspecto tenía el cuello de mi útero. Y tampoco quería
saberlo. Sin embargo, la mitad del personal del hospital
Saint Michael estaba al corriente.
Aquella comprometida situación no me hacía justicia.
En pocas palabras no presentaba mi mejor aspecto.
Como ya he dicho, era una situación de lo más humillante.
Ya había visto suficientes camioneros de pelo en
pecho en televisión, con lágrimas en los ojos y voz
entrecortada, sufriendo lo indecible para explicar que
presenciar el nacimiento de su hijo fue lo más «co…
conm… con… con… bueno» que les había ocurrido en
la vida. También había oído historias acerca de jugadores
de rugby, empedernidos bebedores de cerveza, que
invitaban al equipo entero para ver el vídeo de su mujer
dando a luz.
Una se pregunta: ¿qué les impulsaba a hacerlo?
El caso es que a James y a mí nos tocó la fibra y
decidimos que él debía estar presente.
Y he ahí el motivo por el que James estuvo presente
durante el parto. Las razones de por qué y cómo me
dejó son algo más complicadas.

1
Te pido disculpas porque debes creer que soy una
maleducada. Casi ni te conozco y aquí me tienes, dándote
pelos y señales sobre las calamidades que me han
ocurrido.
Déjame que te haga un breve resumen sobre mí
misma, y te ahorraré, hasta más adelante si tenemos
tiempo, algunos detalles como, por ejemplo, mi primer
día en la escuela.
Vamos a ver, ¿qué te explico? Me llamo Claire y
tengo veintinueve años. Como ya he dicho, hace dos
días di a luz a mi primera hija (pesó tres kilos y trescientos
gramos, una hermosura de niña), y mi marido (¿ya
he dicho que se llama James?) me dijo hace unas veinticuatro
horas que durante los últimos seis meses ha
tenido una aventura, no con —no te lo pierdas— su
secretaria ni con alguna atractiva compañera de trabajo,
sino con una mujer casada que vive dos pisos por debajo
del nuestro. ¿Se puede caer más bajo? Y no satisfecho
con tener una aventura, también quiere el divorcio.
Siento tomármelo tan a la ligera cuando no hay necesidad.
Estoy totalmente confundida. De aquí a nada
empezaré a llorar otra vez. Imagino que todavía me
encuentro conmocionada. La mujer en cuestión se llama
Denise y la conozco bastante bien.
No tanto como James, obviamente.
Lo peor es que siempre me ha parecido muy simpática.
Tiene treinta y cinco años (no me preguntes cómo
lo sé, pero lo sé. Y aun a riesgo de parecer envidiosa y
de perder tu simpatía, aparenta treinta y cinco). Tiene
dos hijos y un marido agradable (aparte del mío, claro).
Al parecer, ella se ha mudado de piso y él del suyo (o,
mejor dicho, del nuestro) y se han ido a vivir juntos a
un lugar secreto.
¿Te lo puedes creer? ¿Puede haber algo más melodramático?
Me consta que su marido es italiano pero no
creo que sea capaz de asesinarlos. Es camarero, no un
secuaz de la mafia. ¿Y qué puede hacer el hombre?
¿Matarlos a base de pimienta negra? ¿Dejarlos en estado
de coma con un aperitivo? ¿Atropellarlos con el carrito
de los postres?
Vuelvo a parecer frívola. No lo soy. Es que tengo el
alma partida.
Es una verdadera tragedia. Ni siquiera sé qué nombre
ponerle a mi hija. James y yo habíamos hablado
sobre posibles nombres —o, ahora que lo veo retrospectivamente,
yo hablaba y él fingía escuchar— pero no
tomamos ninguna decisión. Parece que he perdido la
habilidad de tomar decisiones por mí misma. Ya sé que
resulta patético, pero así es la vida de casada. Y, de sopetón,
despídete del sentido de autonomía personal.
Yo antes era de otra manera. Antes tenía una voluntad
férrea y era independiente, pero de eso hace mucho.
En total llevo cinco años con James, y tres años de
casados. Y sólo Dios sabe cuánto amo a ese hombre.
Aunque nuestros comienzos fueron poco alentadores,
la magia se apoderó de nosotros muy pronto. Ambos
convinimos en que nos enamoramos al cuarto de
hora de habernos conocido, y así nos quedamos en adelante.
Al menos eso me pareció a mí.
Hubo un largo tiempo en que nunca pensé que iba
a conocer a un hombre que quisiera casarse conmigo.
Quizá eso merezca una explicación.
Jamás pensé que conocería a un hombre agradable
que quisiera casarse conmigo. No pongo en duda que
hay montones de lunáticos por ahí. Pero un hombre
agradable, algo mayor que yo, con un trabajo como
Dios manda, atractivo, divertido, amable, de ésos no
hay tantos. Ya me entiendes, alguien que no me mirase
sorprendido cuando mencionara The Partridge Family,
alguien que no prometiese invitarme a cenar en
McDonald’s tan pronto como acabase el Inter Cert (o
el bachillerato, para aquellos lectores que no sean irlandeses),
alguien que no se disculpase por no poder comprarme
un regalo de cumpleaños porque su ex esposa se
queda con su paga íntegra en concepto de manutención
por orden del juez, alguien que no me hiciera sentir
chapada a la antigua e inhibida porque me enfadase
cuando me dijera que la noche después de conocerme se
había acostado con su ex novia («Vaya por Dios, vosotras
las niñas de colegio de monjas sois tan mojigatas»),
alguien que no me hiciera sentir inepta por no saber la
diferencia entre el Piat d’Or y el Zinfandel (¡o como sea
que se llame!).
James no me trataba de ninguna de estas formas tan
desagradables. Parecía demasiado bonito para ser verdad.
Yo le gustaba. Le gustaba casi por completo.
Cuando nos conocimos, los dos vivíamos en Londres.
Yo trabajaba de camarera (luego te cuento) y él era
contable.
De todos los antros Tex-Mex de todas las ciudades
de todo el mundo, tuvo que ir a parar al mío. Yo no era
una camarera propiamente dicha, ya me entiendes, estaba
licenciada en literatura inglesa; sin embargo, atravesé
mi etapa de rebeldía mucho más tarde que la ma18
yoría, a los veintitrés años. Entonces creí que sería divertido
dejar mi empleo fijo, con derecho a jubilación y
más o menos bien pagado en Dublín para trasladarme
a la impía ciudad de Londres donde podría llevar una
vida de estudiante irresponsable.
Algo que debía haber hecho cuando todavía era una
estudiante irresponsable. Pero como me pasaba las vacaciones
de verano ocupada, adquiriendo experiencia
laboral, mi irresponsabilidad tuvo que esperar hasta que
estuve preparada.
Como suelo decir, siempre hay un lugar y un momento
para la espontaneidad.
Sea como fuere, me las apañé para conseguir un
puesto de camarera en un restaurante de moda en Londres,
con la música a tope y repleto de pantallas de vídeo
y de famosos de segunda fila.
A decir verdad, había más famosos de segunda fila
entre los trabajadores que entre la clientela, la mayor
parte del personal eran actores y modelos en paro y
cosas por el estilo.
Cómo conseguí un empleo allí es algo que no alcanzo
a comprender. Aunque puede que me escogiesen
como ejemplo de camarera normal y corriente. Para
empezar, yo era la única camarera que medía menos de
dos metros y medio y que pesaba más de treinta y cinco
kilos. Y aunque no diera la talla como modelo, imagino
que tenía, digamos, cierto encanto natural, ya sabes,
pelo castaño brillante y corto, ojos azules, pecas,
una sonrisa de oreja a oreja, y todo eso.
Además era muy inocente y había corrido poco
mundo. Cuando me las encontraba cara (corriente) a
cara (perfectamente maquillada), era incapaz de reconocer
a las estrellas del teatro y la televisión.
En más de una ocasión, mientras servía (y utilizo el
término en el sentido más amplio) la mesa de algunos
clientes (y vuelvo a utilizar el término en el sentido más
amplio) alguna de mis compañeras me arreaba un codazo
(por el que la salsa hirviendo de barbacoa iba a parar
a la entrepierna del desdichado cliente de turno) y
me siseaba algo así como:
—¿Ese tío al que estás sirviendo no canta en un grupo
de música?
A lo que yo quizá respondía:
—¿Cuál? ¿El que lleva un traje de cuero? —Recuerda
que estamos en los ochenta.
—No —murmuraba ella de nuevo—, el que tiene el
pelo a lo rastafari y que lleva pintalabios Chanel. ¿No
es ese cantante?
—¡Ah, sí! —balbucía yo, sintiéndome anticuada y
estúpida por ignorar de quién se trataba.
De todas formas, me encantaba trabajar allí. La
emoción me llegaba hasta la médula burguesa de mi
espina de clase media. Me parecía tan decadente y fascinante
levantarme cada día a la una de la tarde, empezar
a trabajar a las seis y acabar a las doce, y, después,
emborracharme con los camareros.
Mientras tanto, en Irlanda, mi madre lloraba al pensar
en que su hija, con estudios universitarios, servía
hamburguesas a estrellas del pop. Y, para añadir más
leña al fuego, no eran ni siquiera estrellas de renombre.
Llevaba trabajando allí seis meses cuando conocí a
James. Era un viernes por la noche, en la que habitualmente
nos visitaban los MC; donde MC quiere decir,
lógicamente, Memos Chupatintas.
A las cinco en punto del viernes, como tumbas que
vomitan a sus muertos, los despachos del centro de
Londres redimían a su personal durante el fin de semana,
y hordas de oficinistas de semblante pálido y cubiertos
de acné, ataviados con trajes baratos, se abatían sobre
nosotros, ansiosos y con los ojos abiertos como
platos, en pos de las estrellas y de una buena borrachera,
en el orden que prefieras.
Era de rigor que las camareras nos cruzásemos de
brazos y nos mofásemos de la clientela trajeada, meneáramos
la cabeza compadeciéndonos con incredulidad
ante los atuendos, cortes de pelo, y demás, de nuestros
desdichados clientes, de los que hacíamos caso omiso
durante al menos quince minutos después de que hubieran
entrado. Pasábamos junto a ellos a toda prisa, haciendo
sonar pendientes y pulseras, ocupadas, obviamente,
en algo más importante que atender sus patéticas
necesidades y, por último, después de haberlos llevado
al borde de las lágrimas, frustrados y hambrientos, nos
pavoneábamos hasta sus mesas con una sonrisa de oreja
a oreja, libreta y bolígrafo en ristre.
—Buenas tardes, caballeros. ¿Qué les apetece
tomar?
Ellos eran todo agradecimiento. A partir de ese
momento no importaba que las bebidas no fuesen las
que habían pedido o que la comida nunca llegase, dejaban
unas propinas enormes al sentirse halagados porque
nos dignásemos prestarles atención.
Nuestro lema era: «No es que el cliente nunca tenga
razón, sino que, además, seguramente irá vestido
como un harapiento.»
Aquella noche en cuestión, James y sus tres compañeros
se sentaron en mi sección y les atendí con mi habitual
irresponsabilidad y desparpajo. Casi ni les presté
atención, apenas si escuchaba cuando les tomaba nota
y a buen seguro que ni levanté la vista. Si lo hubiera
hecho, me habría fijado en que uno de mis clientes (has
dado en el clavo: James) era muy atractivo, de cabello
negro, ojos verdes y uno ochenta de estatura. Si hubiera
penetrado más allá de su traje, habría descubierto su
alma.
¡Superficialidad, tienes nombre de Claire!
Pero sólo pensaba en regresar a la trastienda con el
resto de mis compañeras para beber cerveza, fumar y
hablar de sexo. Los clientes no eran más que un contratiempo
engorroso.
—Yo quiero el entrecot poco hecho —dijo uno de
los comensales.
—Mmmm —respondí distraídamente. Prestaba menos
atención que de costumbre porque reparé en el libro
que había sobre la mesa. Era un libro muy bueno,
que yo había leído.
Me encantan los libros. Me encanta leer. Y me encantaban
los hombres que leían. Me encantaban los
hombres que sabían distinguir entre el existencialismo
y el realismo mágico. Ya llevaba seis meses entre gente
que a duras penas podía leer la revista Stage (en voz baja
y moviendo los labios con dificultad). De repente, recordé
con amargura cómo añoraba un poco de conversación
inteligente.
Porque podía subir las apuestas en una tertulia sobre
literatura americana contemporánea. Te veo tu
Hunter S. Thompson y te subo a un Jay McInerney.
En un abrir y cerrar de ojos, aquellos comensales
dejaron de ser unos meros imbéciles y adoptaron ante
mí una nueva identidad.
—¿De quién es este libro? —pregunté secamente,
interrumpiendo sus peticiones. (Me importa un comino
cómo quieres tu entrecot.)
Los cuatro hombres se quedaron de piedra. Les
había dirigido la palabra. Casi los había tratado como si
fueran personas.
—Es mío —respondió James y, al tiempo que mis
ojos azules se encontraban con sus ojos verdes por encima
del daiquiri de mango (aunque en realidad había
pedido una pinta de cerveza), sucedió, nos vimos rociados
por esos mágicos polvillos plateados.
En aquel preciso momento ocurrió algo maravilloso.
Desde el instante en que de verdad nos miramos
mutuamente, a sabiendas de que casi éramos unos
perfectos desconocidos (si exceptuamos que nos gustaban
los mismos libros) (¡ah! y que también nos gustaron
nuestras miradas), supimos que habíamos conocido a
alguien especial.
Más tarde, yo afirmaría que nos enamoramos inmediatamente.
Él, que ni hablar, que yo era una tonta romántica.
Él alegaría que tardó, al menos, quince segundos
más que yo en enamorarse de mí.
Punto, éste, de debate para los historiadores.
Primero tuvo que cerciorarse de que yo también
había leído el libro en cuestión. Pensaría que, como
trabajaba de camarera en aquel lugar, yo debía ser una
modelo o cantante con un dedo de frente. Del mismo
modo que yo me había hecho una imagen de él como
contable infrahumano. Me lo tuve bien merecido.
—¿Lo has leído? —me preguntó sorprendido, y el
tono de su voz implicaba: ¡Sabes leer!
—Sí, me he leído todos sus libros —respondí.
—¿De verdad? —añadió pensativo, mientras se reclinaba
en la silla y me miraba con interés. Un rizo negro
de su cabello sedoso le colgaba sobre la frente.
—Sí —conseguí articular al tiempo que una ligera
sensación lasciva comenzaba a apoderarse de mí.
—Las persecuciones de coches están bastante bien,
¿no crees?
Tengo que explicarte que en ninguno de los libros
a los que nos referíamos aparecían persecuciones de
coches. Eran obras de contenido serio y profundo que
versaban sobre la vida y la muerte y temas similares.
¡Vaya por Dios!, pensé algo alarmada, guapo, inteligente
y divertido. ¿No será demasiado para mí?
Entonces James me dedicó una sonrisa, lenta y sensual,
una sonrisa de complicidad, que nada tenía que ver
con el traje de rayas que llevaba puesto, y te doy mi
palabra de que las entrañas se me derretían como un
helado. Ya sabes, esa sensación de frío y calor, y ese
hormigueo y… bueno… como si se me estuvieran disolviendo.
Durante años después de aquello, mucho después de
que la magia se desvaneciera y cuando casi todas nuestras
conversaciones versaban sobre pólizas de seguros y
Lenor y la carcoma, sólo tenía que recordar aquella
sonrisa para sentir que había vuelto a enamorarme.
Cruzamos unas palabras más. Sólo unas pocas, pero
suficientes para hacerme comprender que se trataba de
un hombre agradable, inteligente y divertido.
Me pidió mi número de teléfono.
Darle tu número de teléfono a un cliente era una
falta grave por la que podían despedirte.
Se lo di.
Aquella primera noche, cuando salió del restaurante
con sus tres amigotes, un revoltijo de carteras, paraguas,
ejemplares del Financial Times enrollados y lúgubres
trajes, se despidió de mí con una sonrisa y (digo
esto en retrospectiva; es muy fácil predecir el futuro
cuando ya ha ocurrido, ya me entiendes) supe que me
hallaba ante mi destino. Mi porvenir.
Unos minutos después ya estaba de vuelta.
—Perdona —sonrió—, ¿cómo te llamas?
En cuanto las demás camareras descubrieron que un
traje me había pedido mi número de teléfono y, aún
peor, que yo se lo había dado, empezaron a comportarse
conmigo como si fuese una paria. Y te aseguro que
tuvo que pasar mucho tiempo hasta que volvieron a
invitarme a ir a su tugurio para esnifar cocaína.
Pero no me importaba. Porque me había enamorado
de James.
Por mucho que me gustara alardear de lo independiente
que era, en el fondo no dejaba de ser una romántica.
Y por mucho que me gustara alardear de rebelde,
era de clase tan acomodada como el que más.
Desde el día en que empezamos a salir, todo fue
maravilloso. Tan romántico, tan bonito.
Y siento hacerte esto, pero ahora voy a utilizar un
montón de tópicos. No hay otra forma de explicarlo.
Me da vergüenza decirte que vivía en una nube.
Y lamento aún más decirte que me sentía como si le conociese
de toda la vida. Y voy a rizar el rizo para explicarte
que me sentía como si él fuera el único que me comprendiese.
Y, como ya he perdido toda credibilidad ante ti,
quiero que sepas que nunca creí que fuera posible ser tan
feliz. Sin embargo, no me voy a pasar diciéndote que me
hacía sentir segura, atractiva, inteligente y dulce. (Y lo siento,
pero tengo que decirte que me sentía como si hubiera
conocido a mi media naranja y ahora formásemos una fruta
al completo, y te prometo que aquí se acabó.) (Aunque
debo mencionar que era divertidísimo y muy bueno en la
cama. Y, ahora te lo digo de verdad: sanseacabó.)
Cuando comenzamos a salir juntos, trabajaba de
camarera casi todas las noches y sólo podía verle cuando
terminaba la jornada. Él esperaba a que saliese.
Cuando llegaba, exhausta de tanto servir platos de no
sé qué a la parrilla a comensales de Londres (o de Pensilvania
o de Hamburgo, para ser más exacta), él —y
aún hoy no me lo puedo creer— me lavaba los pies doloridos
y me daba un masaje con crema mentolada para
pies del Body Shop. Y aunque era más tarde de medianoche
y a las ocho de la mañana tenía que presentarse
en el trabajo para ayudar a hacer chanchullos con las
declaraciones de la renta, o lo que sea que hacen los
contables, lo hacía de buen grado. Cinco noches por
semana. Y me ponía al día del argumento de las telenovelas.
O bajaba a la gasolinera, abierta las veinticuatro
horas, para comprar cigarrillos cuando se me acababan.
O me explicaba anécdotas de la oficina. Ya sé que es
difícil de creer que una anécdota sobre contabilidad
pueda ser graciosa, pero él se las ingeniaba.
Así que nunca podíamos salir los sábados por la
noche. Y él no se quejaba.
Qué extraño, ¿verdad? A mí también me lo pareció.
Y me ayudaba a contar las propinas que me daban.
Y me aconsejaba sobre dónde invertirlas sensatamente.
Obligaciones del Estado y ese tipo de cosas.
Normalmente, yo me compraba unos zapatos.
Por suerte, poco después la fortuna quiso que me
despidieran del trabajo de camarera (me vi involucrada
en un ridículo malentendido: unas cuantas botellas de
cerveza de importación y un plato que acaba en el regazo
de un cliente barullero sin el menor sentido del humor.
De todas formas, me parece que se recuperó totalmente
de aquellas heridas de guerra).
Encontré otro empleo con un horario más razonable.
Así que nuestro romance prosiguió a horas más
convencionales.
Al poco tiempo nos fuimos a vivir juntos. Y poco
después nos casamos. Dos años más tarde, decidimos
tener un bebé y como, al parecer, mis ovarios estaban
por la labor y los espermatozoides de James no presentaron
ninguna queja al respecto y mi útero no protestó,
me quedé en estado. Y di a luz a una niña. Justo en el
momento en que tú apareciste.
Creo que ya te he puesto al corriente de la situación.
Y si ahora estás esperando o tienes ganas de que te
describa los horribles y escabrosos detalles del parto,
que te hable de estribos, fórceps y alaridos agónicos,
y que haga comparaciones ordinarias con la defecación
de un saco de patatas de veinticinco kilos, en tal caso,
siento defraudarte.
(Vale, está bien, pero que conste que es sólo para
que no me protestes; imagínate el peor dolor menstrual
que hayas tenido y multiplícalo por siete millones, déjalo
que se prolongue durante veinticuatro horas y te
harás una ligera idea de lo que es un dolor de parto.)
Sí, fue aterrador y sucio y humillante y preocupantemente
doloroso. Pero también fue emocionante y estimulante
y fabuloso. Pero, para mí, el momento más
importante fue cuando se terminó. Aún recordaba el
dolor vagamente, pero ya había dejado de sentir su intensidad.
Cuando James me abandonó, me di cuenta de
que preferiría aguantar el sufrimiento de cien partos
antes que padecer el dolor de perderlo que sentí entonces.
Lo que sigue es cómo me dio la noticia de que me dejaba.
Después de sostener en brazos a mi bebé por primera
vez, las enfermeras se la llevaron a la sala de recién
nacidos y a mí me devolvieron a mi habitación, donde
me quedé dormida durante un rato.
Al despertar me encontré a James de pie ante mí,
mirándome fijamente, con los ojos de un verde profundo
y el semblante pálido. Le dediqué una sonrisa bostezante
y triunfal.
—¿Qué tal, cariño? —pregunté con alegría.
—Hola, Claire —dijo formal y educadamente.
Menuda tonta que fui, creí que se había puesto
solemne y serio para la ocasión como si se tratase de
algún gesto de deferencia hacia mí. (He aquí mi esposa,
hoy acaba de dar a luz a una niña, es una mujer de verdad,
una progenitora; y cosas por el estilo, ya me entiendes.)
Se sentó. Se sentó en el borde de una silla dura de
hospital, parecía como si en cualquier momento fuese a
levantarse y salir corriendo. Que en realidad era lo que
iba a hacer.
—¿Ya has ido a ver a la niña? —le pregunté soñolienta—.
Es una hermosura.
—No he ido —dijo secamente—. Claire, me voy.
—¿Por qué? —le pregunté acurrucándome entre las
almohadas—, si acabas de llegar. (Sí, ya lo sé, yo tampoco
me puedo creer que le dijera eso; ¿quién me escribe
el guión?)
—Claire, préstame atención —dijo poniéndose nervioso—.
Te dejo.
—¿Cómo? —repuse lenta y prudentemente. He de
admitir que ahora se había ganado mi atención.
—Mira, Claire, lo siento de veras, pero he conocido
a alguien y quiero estar a su lado y te pido disculpas por
lo del bebé y por todo y por dejarte de esta forma, pero
tengo que hacerlo —me dijo tan pálido como un fantasma,
sus ojos brillaban llenos de angustia.
—¿Qué quiere decir que has «conocido» a alguien?
—inquirí perpleja.
—Quiero decir que… bueno, que… me he enamorado
de alguien —repuso desconsoladamente.
—¿Cómo? ¿Te refieres a otra mujer? —pregunté
como si me hubieran atizado un golpe en el cráneo con
un bate.
—Sí —respondió, sin duda aliviado porque parecía
que yo había comprendido los rudimentos de la situación.
—¿Y me vas a dejar? —repetí, incrédula, sus palabras.
—Sí —repuso mientras miraba sus zapatos, el techo,
el frasco de Lucozade, tratando de evitar mis ojos.
—¿Ya no me quieres? —me oí preguntarle.
—No lo sé. No creo —respondió.
—¿Y qué va a suceder con el bebé? —le pregunté
aturdida. Era imposible que quisiese dejarme, más imposible
aún después de haber tenido la criatura—. Pero
tú tienes que cuidar de las dos.
—Lo siento pero no puedo —dijo—. Me asegurar
de que en lo económico no te falte nada y ya arreglaremos
lo del piso y la hipoteca. Ahora tengo que irme.
No podía creer que estuviéramos manteniendo
aquella conversación. ¿Qué coño decía? ¿Qué piso, joder,
ni qué dinero ni qué hipoteca? Siguiendo el guión
al pie de la letra, ahora tendríamos que estar arrullados
en torno a la criatura, discutiendo con amenidad a qué
parte de la familia se parecía. Pero James, mi James,
decía que me dejaba. ¿Quién manda aquí? Quiero presentar
una queja sobre mi vida. Especifiqué claramente
que quería una vida feliz con un marido cariñoso que
hiciera juego con mi recién nacida y, en su lugar, me
timan con esta farsa grotesca.
—Por Dios, Claire —añadió—, me sabe mal abandonarte
de esta forma. Pero si regreso a casa contigo y
con la niña, nunca podré marcharme.
¿No se trata precisamente de eso?, pensé confundida.
—Me consta que nunca hay un buen momento para
decir esto. No pude confesártelo cuando estabas embarazada,
por si perdías el bebé. Así que he tenido que
decírtelo ahora.
—James —dije débilmente—, todo esto es muy extraño.
—Lo sé. Has sufrido mucho en las últimas veinticuatro
horas.
—¿Por qué has asistido al parto si tenías previsto
abandonarme tan pronto acabase? —inquirí mientras le
sujetaba el brazo tratando de que me mirase.
—Porque te lo prometí —dijo apartándome la mano
del brazo y rehuyendo mi mirada, con el aspecto de un
colegial al que acaban de regañar.
—¿Porque me lo prometiste? —repetí tratando de
encontrarle sentido a la frase—. Pero si me has hecho
cientos de promesas. Como que me amarías y me respetarías
hasta que la muerte nos separase.
—En ese caso, lo siento —dijo entre dientes—, pero
no puedo cumplir esas promesas.
—Entonces ¿qué va a suceder? —pregunté desconcertada.
No asumí, ni por un momento, una sola palabra
de lo que me estaba diciendo. Pero la banda sigue
tocando aunque no haya nadie en la pista de baile. Mantuve
lo que a un observador imparcial le hubiera parecido
a todas luces una conversación. Pero no lo era, en
absoluto, porque ni quise decir lo que dije ni asumí nada
de lo que él dijo. Cuando le pregunté qué iba a suceder,
no necesitaba que respondiese. Yo ya sabía lo que iba a
ocurrir. Él iba a volver a casa conmigo y el bebé, y pondríamos
punto y final a tanta tontería.
Imagino que estaba convencida de que si le hacía
seguir hablando junto a mí, él repararía en que la mera
idea de dejarme era una estupidez.
Se levantó. Estaba demasiado lejos como para que
pudiera tocarle. Vestía un traje negro (solíamos bromear
al respecto porque siempre se lo ponía para supervisar
las suspensiones de pagos y las liquidaciones) y tenía un
aspecto desalentador, pálido. Y, hasta cierto punto,
nunca me había parecido tan atractivo como en aquella
ocasión.
—Ya veo que te has puesto el traje de director de
pompas fúnebres —dije con amargura—. Todo un detalle.
Ni siquiera trató de sonreír. Entonces supe que lo
había perdido para siempre. Tenía la apariencia de James,
hablaba como James, olía a James, pero no era
James.
Se parecía a una película de ciencia ficción de los
años cincuenta, en la que un alienígena se apodera del
cuerpo de la novia del héroe. Exteriormente se asemeja
a ella (un jersey de angora rosa, un bolso muy mono, el
sujetador tan puntiagudo que le saltaría el ojo a una
araña, etcétera), pero sus ojos ya no son los mismos.
Al observador despistado podría parecerle que aquél
todavía era James. Pero al mirarle a los ojos, yo era
consciente de que mi James había desaparecido. Un
extraño, frío y distante, se había adueñado de su cuerpo.
Ignoraba dónde se había metido mi James.
A lo mejor estaba en la nave extraterrestre con
Peggy-Jo.
—Me he llevado casi todas mis cosas del piso
—dijo—. Ya te llamaré. Cuídate.
Dio media vuelta y abandonó la sala. En realidad,
casi echó a correr. Yo quise ir tras él, pero el muy cabrón
sabía que estaba postrada en la cama, cortesía de
los puntos que lucía en la vagina.
Desapareció.
Me quedé en la cama del hospital, tiesa durante un
buen rato. Sorprendida, conmocionada, horrorizada,
incrédula. Pero por raro que parezca, había algo que sí
me pareció verosímil. Aquella sensación me resultó incluso
familiar.
Me consta que no podía ser una sensación de familiaridad
porque, anteriormente, ningún marido me había
abandonado. Pero, sin lugar a dudas, había algo que reconocía.
Creo que hay un lugar en todo cerebro, que
monta guardia en un afloramiento en lo alto de una colina
rocosa, a la espera de señales de peligro. Y que envía
señales al resto del cerebro cuando el peligro es inminente.
La versión emocional de «¡que vienen los
indios!». Cuanto más lo pienso, más caigo en la cuenta
de que probablemente durante los últimos meses esa
parte de mi cerebro había estado emitiendo señales luminosas
con espejos y señales de humo. Pero el resto de
mi cerebro se encontraba acampando con las carretas en
el verde valle del embarazo y no quería saber nada de
peligros inminentes. Así que hizo caso omiso de los
mensajes que recibía.
James había estado deprimido durante casi todo el
embarazo, pero yo lo había atribuido a mis cambios de
humor, a mi insaciable apetito, a mis ataques de senti31
mentalismo, que me hacían romper a llorar por cualquier
cosa, desde La casa de la pradera hasta los programas
de economía.
Obviamente, nuestra vida sexual se había visto drásticamente
mermada. Pero yo creía que tan pronto diera
a luz, todo volvería a la normalidad. Todo iba a ser
incluso mejor, ya sabes a qué me refiero.
Yo creía que la tristeza de James se debía a mi embarazo
y a los efectos secundarios que conlleva, pero
ahora, al volver la vista atrás, quizá pasé por alto detalles
importantes.
¿Qué podía hacer yo entonces? Ni siquiera sabía
dónde vivía James. Pero mi instinto me decía que lo
dejara en paz durante un tiempo. Que le siguiera la corriente.
Que le complaciese.
No me lo podía creer. Me había abandonado. Mi
reacción habitual al sentirme herida o traicionada era la
de desenterrar el hacha de guerra, pero sabía que en
aquella situación me iba a hacer más mal que bien. Debía
mantener la calma y la serenidad hasta que diera con
una solución.
Los zapatos de suela de goma de una enfermera
chirriaron al pasar por delante de mí. Se detuvo y me
dedicó una sonrisa.
—¿Cómo se encuentra? —me preguntó.
—Bien —respondí con ganas de deshacerme de ella.
—Imagino que su marido volverá más tarde para
verla a usted y al bebé.
—Yo no pondría la mano en el fuego —repuse con
amargura.
Me miró escandalizada y se alejó rápidamente para
acercarse a una de las simpáticas mamás.
Pensé en llamar a Judy.
Judy era mi mejor amiga. Éramos amigas desde los
dieciocho años. Vinimos a Londres juntas y ella fue la
dama de honor en mi boda.
No podía soportar aquella situación sola. Judy me
aconsejaría qué hacer.
Con cuidado y suavemente, me levanté de la cama,
y con tanta presteza como la episiotomía me permitía,
me acerqué al teléfono público.
Judy contestó inmediatamente.
—¡Vaya! ¿Qué tal, Claire? —dijo—. Ahora mismo
iba a ir a verte.
—Perfecto —fue todo lo que dije.
Dios sabe las ganas que tenía de llorar a grito pelado y
explicarle que, por lo visto, James me había abandonado,
pero, detrás de mí, mujeres en batas de felpa rosa hacían
cola, esperando para llamar a sus maridos (para llamar a
sus devotos maridos, por supuesto) y, aunque parezca
imposible, todavía me quedaba un resto de orgullo.
¡Zorras petulantes!, pensé agriamente (y debo admitir
que algo desquiciada) al volver cojeando a la cama.
Tan pronto llegó Judy me percaté de que sabía lo de
James. Me di cuenta porque me dijo:
—Claire, sé lo de James.
Además, no me vino con un enorme ramo de flores,
ni con una sonrisa aún más grande ni con una postal del
tamaño de un escritorio repleta de cigüeñas. Parecía
nerviosa e inquieta.
El corazón me dio un vuelco. Si James iba contándoselo
a todo el mundo, debía ser cierto.
—Me ha dejado —dije con dramatismo.
—Lo sé —repuso.
—¿Cómo ha podido hacerme esto?
—No lo sé.
—Se ha enamorado de otra mujer —añadí.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes? —inquirí abalanzándome sobre
ella para sonsacárselo.
—Michael me lo dijo. Aisling, que se había enterado
por George, se lo dijo.
Michael era el novio de Judy. Aisling trabajaba con
él. George era el marido de Aisling. George trabajaba
con James.
—Así que ya lo sabe todo el mundo —dije a media
voz.
Hubo una pausa. Judy parecía desear que se la tragase
la tierra.
—Entonces debe ser cierto —dije.
—Me parece que sí.
—¿Sabes quién es la otra mujer? —pregunté, sintiéndome
fatal por ponerla en un compromiso, pero yo
necesitaba saberlo, me había quedado tan estupefacta
que no pude preguntárselo a James.
—Esto… sí —respondió con embarazo—. Es esa
Denise.
Tardé un minuto en comprender quién era.
—¿Queeé? —chillé—. No es la Denise del piso de
abajo, ¿verdad?
Judy asintió con tristeza.
Menos mal que estaba tumbada.
—¡Esa mala pécora! —exclamé.
—Y aún hay más —añadió entre dientes—. Dice
que se va a casar con ella.
—¿Qué coño dices? —grité—. Él ya está casado.
Conmigo. No sabía que hubiesen legalizado la poligamia.
—No la han legalizado.
—Entonces…
—Claire. —Suspiró con desánimo—. Dice que se va
a divorciar de ti.
Como ya he dicho, menos mal que estaba tumbada.
La tarde se desvanecía, junto con la paciencia de
Judy y cualquier esperanza que yo pudiera albergar. La
miré desesperada.
—¿Qué voy a hacer ahora, Judy?
—Mira —dijo con tono realista—, dentro de dos
días sales de aquí. Todavía tienes un lugar donde vivir,
tienes suficiente dinero para mantenerte a ti y al bebé,
volverás al trabajo dentro de seis meses, y tienes que
cuidar de tu recién nacida. Dale tiempo a James, y seguro
que entre los dos lo acabáis arreglando.
—Pero, Judy, quiere el divorcio.
Sin embargo, James parecía haber pasado por alto
un detalle importante: en Irlanda el divorcio no está
legalizado. James y yo nos casamos en Irlanda. Los padres
de la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
bendijeron nuestro matrimonio. En mala hora nos
casaron.
Me sentía completamente desconcertada, sola y
asustada. Quería cubrirme la cabeza con las sábanas
y morirme. Pero no podía porque tenía una niña, inocente
e indefensa, a la que cuidar.
Menuda manera de llegar al mundo. Tenía menos de
dos días, su padre ya la había abandonado y su madre
estaba al borde del colapso.
Por enésima vez me pregunté cómo podía James
hacerme eso.
—¿Cómo puede James hacerme esto a mí? —le pregunté
a Judy.
—Es la enésima vez que me lo preguntas —contestó.
Así que era cierto.
Ignoraba cómo se había atrevido James a hacerme
aquello. Sólo sabía que me lo había hecho.
Hasta entonces había supuesto que la vida me entregaba
los momentos amargos en cómodos plazos y poco
a poco. Que nunca me daba más de lo que yo pudiera
soportar de una vez.
Cuando me hablaban de mujeres a las que se les
acumulaban las desgracias, del estilo de tener un accidente
de tráfico, perder el empleo y encontrar a su novio
en la cama con su hermana, todo en una misma se35
mana, mi primera reacción era pensar que ellas se lo
habían buscado. Bueno, no del todo. Pero si se comportaban
como víctimas, entonces se convertían en víctimas;
si esperaban siempre lo peor, lo peor acababa ocurriendo
inevitablemente.
Ahora veo qué equivocada estaba. A veces las personas
no se prestan voluntariamente a ser víctimas, pero
aun así acaban siendo víctimas. No se las puede culpar.
A buen seguro que yo no tuve la culpa de que mi marido
creyese que se había enamorado de otra. Yo no
esperaba que sucediera y, ciertamente, tampoco lo deseaba.
Pero sucedió.
Supe entonces que la vida no respetaba las circunstancias
personales. La fuerza que nos arroja las calamidades
no dice: «Está bien, no le voy a poner un tumor
en el pecho hasta el año que viene. Mejor que antes se
sobreponga de la muerte de su madre.» Inexorable, prosigue
su camino haciendo lo que le da la gana, cuando
le da la gana.
Reparé en que nadie es inmune al síndrome de las
desgracias acumulables. No es que piense que tener un
bebé sea una desgracia. Pero bien trae consigo momentos
de agitación.
Creía que tenía mi vida bajo control y que si, Dios
no lo quisiera, en algún momento hubiera habido desavenencias
entre James y yo, me sentía capacitada para
dedicarle todo mi tiempo y mis energías con tal de solventarlas.
Nunca imaginé que se desharía de mí a las
veinticuatro horas de haber dado a luz a mi primera hija,
cuando mis niveles de energía estaban bajo mínimos y
los de vulnerabilidad sobre máximos.
Eso sin mencionar que estaba tan gorda como, obviamente,
imbécil que era.
Culo gordo no gana los favores del bello James.
Judy y yo, sentadas en la cama, guardábamos silencio,
ambas tratábamos de pensar en algo constructivo
que decir. De pronto, di con la respuesta. Bueno, quizá
no fuera la respuesta, pero sin duda era una respuesta.
Algo que me mantuviera ocupada por el momento.
—Ya sé qué voy a hacer —le dije a Judy. Y, cual
Escarlata O’Hara en las últimas frases de Lo que el
viento se llevó, añadí—: Regresaré a mi hogar; regresaré
a Dublín, mi hogar.
Sí, estoy de acuerdo. Dublín no suena tan bien
como Tara, pero cómo iba yo a regresar a Tara, mi hogar.
Allí no conocía a nadie. De hecho, sólo he pasado
dos veces por allí de camino a Drogheda.