Lucy Sullivan se casa - Extracto


AGRADECIMIENTOS
Quiero expresar mi agradecimiento a una serie
de personas que me ayudaron mientras escribía este
libro.
A Kate Cruise O’Brien, mi editora, por ser tan
mala conmigo y devolverme los tres primeros capítulos,
diciéndome que yo escribía mejor de lo que creía y
que ya podía empezar de nuevo. Después, por su inagotable
entusiasmo y sus elogios cuando yo confié en
ella y empecé a arriesgarme. Y por su paciencia cuando
yo no confiaba en mí misma y pensaba que no sabía escribir
y que todo aquello había sido un gran error. Le
estoy muy agradecida.
Gracias a todo el personal de Poolbeg, que dedicó
muchas horas a este libro. Y a Nichole Hodson y Lucy
Keogh, que leían el manuscrito a medida que yo lo
escribía y me animaban mucho y me aseguraban que
iba por el buen camino. Gracias también a Paula Campbell
por reírse tanto con la escena del restaurante ruso.
Y sobre todo gracias a Brenda Dermody por su santa
paciencia con lo que ella ya sabe.
Gracias a Louise Voss y Jenny Boland, que leían el
libro capítulo a capítulo a medida que yo lo escribía e
insistían en que debía escribir el siguiente. De no ser
por ellas, quizá no habría terminado este libro. No ten-
go palabras para expresar cómo agradezco su entusiasmo
y su apoyo.
Gracias a Belinda Flaherty, que leyó la obra acabada
y me hizo comentarios y sugerencias, y que le dio el
visto bueno antes de que yo la entregara.
Gracias a Jill Richter y a Ann Brolan por leer los
primeros capítulos y animarme a continuar.
Y a Paula Whitlam por el «sello».
Y a Geoff Simmonds por las cachiporras.
Y a Eileen Prendergast por sus consejos y por las
horas que me dedicó. Sobre todo, gracias por permitir
que le robara su historia del videoclub.
Gracias en especial a mi querido Tony por todo.
Por permitirme trabajar durante nuestra luna de miel y
por no quejarse cuando yo le prestaba más atención a
mi ordenador portátil que a él. Por ser lo bastante valiente
como para hacerme críticas constructivas (siento
mucho lo del ojo morado). Por sus ingeniosos y extravagantes
elogios, por reírse a carcajadas leyendo los pasajes
graciosos, por lavar los platos para que yo pudiera
seguir escribiendo. Por su constante y paciente apoyo,
por hacerme borrar «entusiasmo» mil veces, por sus
consejos sobre todo, desde la descripción de los personajes
hasta la gramática. Gracias también por el chocolate
y los caramelos.
Sin él no habría podido escribir este libro.



1
Cuando Meredia me recordó que el lunes siguiente
las cuatro compañeras de la oficina teníamos una cita
con una adivina, noté una sacudida en el estómago.
—No te acordabas —me acusó Meredia, y su carnoso
rostro tembló ligeramente.
Exacto.
Dio una palmada en su mesa y me previno:
—Ni se te ocurra decirme que no piensas ir.
—Mierda —susurré, porque eso era precisamente
lo que había estado a punto de hacer.
Yo no tenía inconveniente en que me leyeran el futuro.
Al contrario: siempre lo había encontrado divertido.
Sobre todo cuando me decían eso de que el hombre
de mis sueños estaba a la vuelta de la esquina. Esa
parte la encontraba comiquísima.
A veces hasta me reía.
Pero resulta que estaba pelada. Pese a que acababa
de cobrar, mi cuenta bancaria era un páramo posnuclear
sembrado de cadáveres, porque el mismo día que
me pagaron me había gastado una fortuna en aceites de
aromaterapia que prometían rejuvenecerme, infundirme
vigor y elevarme el espíritu.
Y arruinarme, aunque eso no lo ponía en las etiquetas.
Pero supongo que la idea era que estaría tan rejuve-
necida, vigorizada y elevada que mi situación económica
ya no me importaría.
De modo que cuando Meredia me recordó que me
había comprometido a pagarle treinta libras a una mujer
para que me dijera que viajaría atravesando una extensión
de agua y que yo también era un poco adivina,
comprendí que me había quedado sin almuerzo para
dos semanas.
—No sé si podré pagarlo —dije, nerviosa.
—¡Ahora no puedes echarte atrás! —bramó Meredia—.
La señora Nolan nos hace descuento porque somos
cuatro. Si tú no vas, las demás tendremos que pagar
más.
—¿Quién es la señora Nolan? —preguntó Megan
con recelo apartando la vista del ordenador, donde estaba
jugando al solitario. Se suponía que estaba revisando
la lista de los clientes que se habían retrasado más de
un mes en el pago.
—La pitonisa —contestó Meredia.
—¿Cómo es posible que se llame señora Nolan?
—preguntó Megan.
—Es irlandesa —declaró Meredia.
—¡No! —Megan, enojada, sacudió su reluciente
melena rubia—. Me refiero a cómo es posible que una
adivina se llame señora Nolan. Debería llamarse Madam
Zora o algo parecido. No puede llamarse señora
Nolan. ¿Cómo nos vamos a creer una sola palabra de lo
que nos diga?
—Pues se llama así, qué quieres que te diga —dijo
Meredia, un tanto dolida.
—Y ¿por qué no se ha cambiado el nombre? —insistió
Megan—. Es facilísimo, según tengo entendido.
¿No es así, «Meredia»?
Una pausa elocuente.
—¿O debería llamarte «Coral»? —continuó Megan,
triunfante.
—No —dijo Meredia—. Me llamo Meredia.
—Ya —repuso Megan con sarcasmo.
—¡Me llamo así! —afirmó Meredia, vehemente.
—Pues enséñame tu certificado de nacimiento —la
retó Megan.
Megan y Meredia no estaban de acuerdo en casi
nada, y menos aún en lo relativo al nombre de Meredia.
Megan era una firme y eficiente australiana con un bajo
umbral para las sandeces. Desde su llegada, tres meses
atrás, en calidad de empleada temporal, estaba empeñada
en que Meredia no era el verdadero nombre de Meredia.
Seguramente tenía razón. A mí me caía muy bien
Meredia, pero aun así tenía que reconocer que su nombre
sonaba a apaño improvisado.
Sin embargo, a diferencia de Megan, a mí eso me
importaba un rábano.
—¿Seguro que no te llamas «Coral»? —Megan sacó
un pequeño bloc de su bolso y tachó algo.
—No —respondió Meredia fríamente.
—De acuerdo. Entonces, hemos acabado con la C.
Ahora nos toca la D. ¿Daphne? ¿Deirdre? ¿Dolores?
¿Denise? ¿Diana? ¿Dinah?
—¡Cállate! —exclamó Meredia. Estaba a punto de
llorar.
—Basta. —Hetty le puso la mano sobre el brazo a
Megan, suavemente. Típico de Hetty. Aunque era algo
carca, también era muy buena persona, y siempre trataba
de apaciguar los ánimos. Lo cual significaba que no
era muy graciosa, claro, pero nadie es perfecto.
En cuanto la conocías, te dabas cuenta de que Hetty
era carca. No sólo por su físico, sino porque llevaba
una ropa espantosa. Aunque sólo tenía unos treinta y
cinco años, llevaba unas faldas de tweed y unos vestidos
de flores que parecían reliquias de familia. Hetty
nunca se compraba ropa, y era una lástima, porque uno
de los principales medios de las empleadas para estable-
cer vínculos entre ellas era exhibir los botines del día
después del día de cobro.
—Estoy hasta el gorro de esa australiana —le murmuró
Meredia a Hetty—. Ojalá se largue.
—No creo que tarde mucho —la tranquilizó Hetty.
Entonces dijo algo típico de ella:
—¡Arriba ese ánimo!
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Meredia a Megan.
—En cuanto tenga la pasta, gorda.
Megan estaba haciendo un viaje por Europa y se
había quedado sin dinero. Y siempre nos estaba recordando
que en cuanto hubiera reunido dinero suficiente
para continuar el viaje, se marcharía a Escandinavia, o a
Grecia, o a los Pirineos, o al oeste de Irlanda.
Hasta entonces, Hetty y yo teníamos que poner remedio
a las violentas peleas que se desataban regularmente.
Yo estaba convencida de que gran parte de aquella
animosidad se debía a que Megan era alta, delgada y guapísima.
Mientras que Meredia era bajita, gorda y fea.
Meredia envidiaba la belleza de Megan, mientras que
Megan despreciaba a Meredia por su exceso de peso.
Cuando Meredia no encontraba ropa de su talla, en lugar
de hacer ruiditos solidarios, como hacíamos las demás,
Megan le espetaba: «¡Deja de lloriquear, bola de
grasa, y ponte a régimen!»
Pero Meredia nunca le hacía caso. Y mientras tanto
estaba condenada a hacer que los coches viraran bruscamente
cuando ella pasaba por la calle. Porque en lugar
de intentar disimular su talla con rayas verticales y
colores oscuros, se vestía como si quisiera realzar su
volumen. Le gustaba ponerse capas y más capas de tela.
Pero mucha. Hectáreas de tela, metros y más metros de
terciopelo, drapeados, recogidos y atados, fijados con
broches, unidos mediante pañuelos, sujetos y distribuidos
a lo largo de su considerable contorno.
Y cuantos más colores, mejor. Carmesí, bermellón,
naranja, rojo fuego y morado.
Y eso sólo en el pelo. Porque a Meredia le encantaba
la henna, como a cualquier buena asistenta social.
—O ella o yo —murmuró Meredia mientras miraba
a Megan torvamente.
Pero no era más que una pataleta. Meredia llevaba
mucho tiempo trabajando en nuestra oficina —según
ella, desde los albores; en realidad, unos ocho años—, y
nunca había conseguido otro trabajo. Tampoco la habían
ascendido. Eso ella lo atribuía con amargura a una
dirección con prejuicios sobre las tallas. (Aunque por
lo visto no había ningún impedimento para que muchos
hombres rechonchos alcanzaran el éxito, llegando
a todo tipo de elevadas posiciones en todos los departamentos
de la empresa.)
En fin, yo, que era un pelele, cedí frente a Meredia
sin oponer mucha resistencia. Hasta me convencí de
que me convenía quedarme sin un céntimo, pues verme
obligada a renunciar al almuerzo durante dos semanas
me ayudaría a poner en marcha el régimen que siempre
quería empezar y nunca empezaba.
Además, ella me recordó una cosa que yo había pasado
por alto.
—Acabas de romper con Steven —dijo—, así que
de todos modos tenías que ir a visitar a una adivina.
Seguramente Meredia tenía razón, aunque a mí no
me gustara admitirlo. Ahora que había descubierto que
Steven no era el hombre de mis sueños, tarde o temprano
tendría que hacer algún tipo de investigación paranormal
para averiguar quién era yo exactamente. Así
era como funcionábamos mis amigas y yo, aunque nos
lo tomábamos en broma y en realidad nadie creía en las
adivinas. Al menos ninguna de nosotras estaba dispuesta
a admitir que creía en ellas.
Pobre Steven. Qué desengaño me había llevado con él.
Sobre todo teniendo en cuenta que al principio
todo parecía muy prometedor. Lo encontraba guapísimo;
el cabello rubio y rizado, los pantalones de piel negros
y la moto elevaban su atractivo, más bien normal,
a la categoría de Adonis. Lo encontraba temerario, peligroso
y despreocupado. ¿Acaso la moto y los pantalones
de piel negros no eran el uniforme de los hombres
temerarios, peligrosos y despreocupados?
Yo pensé que no tenía ninguna esperanza con él,
por supuesto; un joven tan atractivo como él tenía chicas
para elegir, y seguro que no le interesaría una chica
tan normal como yo.
Porque yo era francamente normal. Mi físico era
normal. Tenía el cabello castaño y rizado, y me gastaba
un dineral en productos para alisármelo. Tenía los ojos
castaños y, como castigo por ser hija de irlandeses, cerca
de ocho millones de pecas, una por cada irlandés
muerto durante la hambruna de la patata, como solía
decir mi padre cuando estaba un poco borracho y se
ponía nostálgico.
Pero pese a aquel físico tan normal, Steven me preguntó
si quería salir con él, y empezó a comportarse
como si yo le gustara.
Al principio yo no entendía por qué un hombre tan
sexy como Steven quería estar conmigo. Y, naturalmente,
no me creía ni una de las palabras que salían por
su boca. Cuando él decía que yo era la única mujer que
había en su vida, yo suponía que me mentía; cuando me
decía que era adorable, yo le buscaba los tres pies al
gato, para ver qué quería de mí en realidad.
En realidad no me importaba; suponía que ésas
eran las condiciones para salir con un hombre como
Steven. Tardé un tiempo en darme cuenta de que Steven
era sincero y de que aquello no se lo decía a todas.
Así que llegué a la conclusión de que estaba encantada,
pero en realidad lo que estaba era desconcertada.
Yo estaba convencida de que Steven llevaba una doble
vida, y de que me ocultaba secretos de los que yo no sabía
nada. Salidas de madrugada en la Harley para tener
relaciones sexuales en la playa con mujeres desconocidas,
y cosas así. Steven parecía de ésos.
Yo me había imaginado una aventura corta, apasionada,
vertiginosa, durante la cual me pasaría el día con los
nervios a flor de piel esperando su llamada, para sumirme
en un éxtasis inenarrable cuando por fin me llamara.
Pero Steven siempre me llamaba cuando tenía que
llamarme. Y siempre me decía que estaba preciosa, llevara
lo que llevase. Pero yo, en lugar de sentirme feliz,
me sentía incómoda.
Steven era tal como aparentaba, y a mí me parecía
que la vida no había sido justa conmigo.
Empecé a gustarle demasiado.
Una mañana desperté y lo vi apoyado en un codo,
contemplándome.
—Eres preciosa —murmuró, y no pegaba nada.
Cuando echábamos un polvo, Steven decía «Lucy,
Lucy, oh, Lucy» millones de veces, febril y apasionadamente,
y yo intentaba imitarlo y ponerme febril y apasionada,
pero sólo conseguía sentirme idiota.
Y cuanto más le gustaba a Steven, menos me gustaba
él a mí, hasta que al final apenas soportaba su presencia.
Su adulación me asfixiaba, su admiración me abrumaba.
No podía evitar pensar que yo no era tan atractiva,
y si Steven creía que lo era, significaba que algo funcionaba
mal.
—¿Por qué te gusto? —le preguntaba yo, una y
otra vez.
—Porque eres preciosa —me contestaba Steven. O
«Porque eres sexy», o «Porque eres muy femenina».
Esa clase de respuestas nauseabundas.
—No, no es verdad —replicaba yo, desesperada—.
¿Por qué dices que lo soy?
—Cualquiera diría que intentas que te tome antipatía
—decía él con una tierna sonrisa en los labios.
Seguramente fue la ternura lo que me hizo decir
basta. Sus tiernas sonrisas, sus tiernas miradas, sus tiernos
besos, sus tiernas caricias... Tanta ternura convirtió
mi relación con él en una pesadilla.
¡Y era tan condenadamente táctil! Me sacaba de
quicio.
Siempre me cogía la mano, exhibiéndome con orgullo,
para que todos supieran que yo era «su mujer». Cuando
íbamos en coche me ponía la mano en el muslo, cuando
mirábamos la televisión casi se me tumbaba encima.
Siempre me estaba tocando: acariciándome el brazo o
frotándome el cabello o masajeándome la espalda, hasta
que yo no podía más y tenía que decirle que se apartara.
Al final lo llamaba el hombre Velcro.
Y acabé por decírselo a la cara.
Fue pasando el tiempo, y cada vez que Steven me
tocaba me daban ganas de arrancarme la piel, y la idea
de acostarme con él me producía náuseas.
Un buen día Steven me dijo que le encantaría tener
un jardín enorme y una casa llena de niños. Fue la gota
que colmó el vaso.
Rompí con él, inmediatamente.
Y no entendía cómo podía haberlo encontrado tan
atractivo, porque para entonces no podía imaginar a
otro hombre más repugnante. Steven seguía teniendo el
cabello rubio, los pantalones de piel y la moto, pero yo
ya no me dejaba engañar por ellos.
Yo lo despreciaba por quererme tanto. No entendía
cómo podía conformarse con tan poca cosa.
Mis amigas no entendían por qué había roto con él.
«Pero si era encantador», se lamentaban. «Pero si se
portaba muy bien contigo», «Pero si era un buen partido
». A lo que yo replicaba: «No, no lo era. Un buen
partido no es tan fácil de conseguir.»
Steven me había decepcionado.
Yo esperaba irreverencia y en cambio tuve devoción;
esperaba infidelidad y en cambio tuve compromiso;
esperaba emoción y en cambio tuve rutina; y lo
peor de todo: esperaba un lobo y me encajaron una
oveja.
Cuando el chico que te gusta resulta un cerdo mentiroso
y falso, es muy triste. Pero cuando el chico al que
habías tomado por un rompecorazones informal resulta
sencillo y bueno, es casi peor.
Pasé un par de días preguntándome por qué me
atraían los chicos que no se portaban bien conmigo.
¿Por qué no podían gustarme los que me trataban bien?
¿Estaba condenada a despreciar a todos los hombres
que fueran buenos conmigo? ¿Sólo iba a sentirme atraída
por los que no me querían?
Me despertaba en mitad de la noche preguntándome
qué le había pasado a mi autoestima. ¿Por qué sólo
estaba cómoda cuando me maltrataban?
Entonces caí en la cuenta de que la máxima «Trátalos
mal para que te traten bien» llevaba siglos en circulación.
Y me relajé, pues, al fin y al cabo, yo no era la
que establecía las normas.
¿Qué pasaba si mi hombre ideal era un golfo egoísta,
formal, infiel, leal, traidor y cariñoso que me adoraba,
nunca me llamaba cuando tenía que llamarme, me
hacía sentir la mujer más especial del universo e intentaba
ligarse a todas mis amigas? ¿Tenía yo la culpa de
querer un novio como un gato de Schrödinger, un
hombre que fuera, simultáneamente, varias cosas incompatibles?