Por los pelos - Extracto


AGRADECIMIENTOS
Gracias a todo el personal de Michael Joseph y Penguin. En
especial a mi correctora, Louise Moore, por su lucidez, entusiasmo,
estímulo, amistad y concienzuda corrección.
Agradezco también al personal de Poolberg su buen trabajo,
apoyo y aprobación. Estoy particularmente en deuda con la editora
Gaye Shortland por su asesoramiento.
Gracias a los incondicionales que me han apoyado desde el
primer libro —Jenny Boland, Caitriona Keyes, Rita-Anne Keyes
y Louise Voss—, que leyeron esta novela a medida que la escribía
y cuyos comentarios, sugerencias y alabanzas me ayudaron a
continuar.
Quiero agradecer a Tadhg Keyes que me instruyó sobre las
últimas tendencias de la moda masculina juvenil.
Mi gratitud también para Conor Ferguson, Niall Hadden y
Alex Lyons por la información sobre el mundo de la publicidad.
Gracias a Liz McKeon por su asesoramiento sobre las camillas
de gimnasia pasiva.
Estoy en deuda con el doctor Paul Carson, Isabel Thompson
—de HUG—, Barry Dempsey y AnneMarie McGrath —de la
Irish Cancer Society—, y todos los miembros del Terence Higgins
Trust, por su paciencia, su tiempo y su información.
Gracias a Mary Keyes, del condado de Clare, por los dichos
locales y por obligarme a quitar un montón de palabrotas.
Mi gratitud para Emily Godson por su asesoramiento sobre
el mundo de los actores en Los Ángeles.
Gracias también a Neville Walker y Geoff Hinchley por contarme
cómo se divierten los homosexuales jóvenes en esta ciudad.
(¡No lo sabía!)
Muchas otras personas me han ayudado con consejos prácticos,
estímulo y orientación. Estoy en deuda con ellas y quisiera
demostrarles mi gratitud a todas: Suzanne Benson, Suzie Burgin,
Paula Campbell, Ailish Connelly, Liz Costello, Lucinda Edmonds,
Gai Griffin, Suzanne Power, Eileen Prendergast, Morag Prunty
y Annemarie Scanlon. Espero no haber olvidado a nadie; si lo he
hecho, mis más sinceras disculpas.
Gracias a mi querido Tony por su apoyo práctico y emocional.
Por leer la novela mientras la escribía, cogerme de la mano y
asegurarme que no soy un completo fracaso. Por subir y bajar
tantas veces las escaleras para traerme tazas de té. Por su ayuda
con la creación de los personajes, el desarrollo de la trama, la ortografía,
la gramática y mil cosas más. No podría haber escrito
este libro sin él.
Por último, doy gracias a Kate Cruise O’Brien, que trabajó
conmigo en este libro hasta marzo de 1998, cuando murió de manera
trágica y repentina.

1
En medio de la opulencia de cromo y cristal de un restaurante
de Camden, la esquelética recepcionista recorrió la lista de reservas
con una uña violeta y murmuró:
—Casey, Casey, ¿dónde estás? Aquí, mesa doce. Es la...
—¿... primera en llegar? —terminó Katherine por ella. No pudo
ocultar su decepción porque, tras un duro combate contra sus impulsos
naturales, se había obligado a llegar cinco minutos tarde.
—¿Es Virgo? —Uñas Púrpura creía a pie juntillas en la astrología.
Al ver que Katherine asentía prosiguió—: Ser patológicamente
puntual es típico de su signo. No puede luchar contra el
destino.
Un camarero llamado Darius, con rastas atadas en un moño a
lo Katherine Hepburn, señaló la mesa, donde Katherine se sentó,
cruzó las piernas y se sacudió la melena corta y desfilada para retirarse
el pelo de la cara, esperando que ese ademán la hiciera parecer
altiva y despreocupada. Luego fingió estudiar la carta, deseó
fumar y juró por Dios que la próxima vez se esmeraría en llegar
diez minutos tarde.
Quizá, tal como sugería Tara a menudo, debería asistir a las
reuniones de Maniáticos Anónimos.
Segundos después llegó Tara, insólitamente puntual, taconeando
sobre el suelo de haya decolorada, con el cabello trigueño
sacudiéndose a su paso. Llevaba un vestido asimétrico evidentemente
nuevo, caro y —desgraciadamente— demasiado
apretado. Pero sus zapatos eran preciosos.
—Lamento no llegar tarde —se disculpó—. Sé que te gusta
sentirte moralmente superior, pero las calles y el tráfico conspiraron
en mi contra.
—Qué le vamos a hacer —dijo Katherine con seriedad—,
pero no te acostumbres. Feliz cumpleaños.
—¿Qué tiene de feliz? —preguntó Tara con tristeza—. ¿Acaso
tú te alegraste de cumplir treinta y uno?
—Reservé diez sesiones de lifting sin cirugía —admitió Katherine—.
Pero no te preocupes, no pareces ni un día mayor de
treinta. Bueno, quizá un día...
Darius se acercó para preguntarle a Katherine qué quería beber.
Entonces vio a Tara y su gesto reflejó alarma. Otra vez no,
pensó, preparándose estoicamente.
—¿Vino? —preguntó Tara a Katherine—. ¿O algo más fuerte?
—Un gin-tonic.
—Que sean dos. Muy bien. —Tara se restregó las manos con
alegría—. ¿Dónde están mi libro de colorear y mis lápices de cera?
Tara y Katherine habían sido amigas íntimas desde los cuatro
años y la primera aún conservaba un saludable respeto por la tradición.
Katherine le pasó un paquete por encima de la mesa y Tara
desgarró el papel de colores.
—¡Productos Aveda! —exclamó, encantada.
—Los productos Aveda son el libro de colorear y los lápices
de cera de la mujer de más de treinta —señaló Katherine.
—Pero a veces echo de menos el libro de colorear y los lápices
de cera —dijo Tara con aire pensativo.
—No te preocupes; mi madre te los sigue comprando para todos
tus cumpleaños.
Tara alzó la vista, esperanzada.
—En otra dimensión —se apresuró a añadir Katherine.
—Tienes un aspecto estupendo. —Tara encendió un cigarrillo
y admiró la ropa de Katherine: un traje de pantalón color clarete
de Karen Millen y unos botines con tacón de aguja.
—Tú también.
—Y una mierda.
—Es verdad. Me encanta tu vestido.
—Es el regalo de cumpleaños que me he hecho a mí misma.
¿Sabes una cosa? —La cara de Tara se ensombreció—. Detesto
las tiendas donde usan esos espejos ligeramente combados para
que pienses que la ropa te hace parecer más delgada y esbelta.
Como una idiota, siempre creo que se debe al magnífico corte de
la prenda y que, en consecuencia, vale la pena gastarse el equivalente
a la deuda externa de un pequeño país sudamericano. —Hizo
una pausa para dar una profunda calada al cigarrillo—. Cuando
llegas a casa, te miras en un espejo normal y descubres que pareces
un cerdo endomingado.
—No pareces un cerdo.
—Claro que sí. Y no te devuelven el dinero a menos que el
vestido tenga algún defecto. Dije que tenía un defecto muy gordo,
porque con él parecía una cerda. Pero dijeron que eso no contaba.
Tenía que ser algo así como la cremallera rota. En fin; teniendo
en cuenta que para comprarlo llegué al límite del crédito
de la Visa, decidí usarlo de todas maneras.
—Pero ya habías llegado al límite de la Visa.
—No, no —explicó Tara con seriedad—. Ése era sólo el límite
oficial. Mi verdadero límite está a unas doscientas libras por
encima del que me han impuesto. Ya lo sabes.
—Ah —dijo Katherine.
Tara abrió la carta del restaurante.
—Ay, mira —dijo con angustia—, aquí todo es delicioso.
Ruego a Dios que me dé valor para no pedir un primero. ¡Aunque
tengo tanta hambre que podría comerme el culo de un niño a
través de los barrotes de su cuna!
—¿Qué tal va la dieta sin alimentos prohibidos? —preguntó
Katherine, aunque ya podría haber adivinado la respuesta.
—La he dejado —dijo Tara, avergonzada.
—¿Qué más da? —trató de consolarla Katherine.
—Eso —respondió Tara, aliviada—. ¿Qué más da? Como te
imaginarás, Thomas se puso furioso. Pero qué voy a hacer. Imagina
una dieta en la que nada está prohibido para una glotona
como yo. Es una invitación al desastre.
Katherine murmuró unas palabras tranquilizadoras, como
había hecho en los últimos quince años cada vez que Tara se descarriaba
de su plan de alimentación. Katherine podía comer todo
lo que le apetecía, precisamente porque no quería hacerlo. Con
su aspecto impecable parecía la clase de mujer que no necesita pelear
contra nada. Por debajo del flequillo liso y oscuro, sus fríos
ojos grises estudiaban el mundo con absoluta serenidad. Ella lo
sabía. Practicaba mucho cuando estaba sola.
El siguiente en llegar fue Fintan, cuyo trayecto a través del
comedor atrajo la atención del personal del restaurante y de la
mayoría de la clientela. Alto, corpulento y apuesto, con el cabello
oscuro peinado hacia atrás formando un brillante copete. Las
mangas de la chaqueta del traje púrpura estaban decoradas con
una ristra de ojales, a través de los cuales centelleaba la camisa
verde lima. En sus solapas podría haber aterrizado un avión. Los
discretos comentarios de la concurrencia —«¿Quién es?» «Debe
de ser un actor...» «¿O un modelo?»— recordaban el rumor de
las hojas de otoño y el natural entusiasmo de los comensales del
viernes por la noche experimentó un notable aumento. No cabe
duda, pensó todo el mundo, es un hombre con clase.
Fintan localizó a Tara y a Katherine, que habían estado mirándolo
con una mezcla de jovialidad e indulgencia, y les sonrió
de oreja a oreja. Fue como si todas las luces se hicieran más brillantes.
—Bonito atuendo —dijo Katherine señalando el traje con la
barbilla.
—Bonito y con clase —respondió Fintan, tratando infructuosamente
de sonar como un londinense de los barrios bajos. Era
incapaz de disimular su fuerte acento del condado de Clare.
Pero no siempre había sido así. Doce años antes, cuando había
llegado a Londres, recién escapado de la represión de un pueblo
pequeño, Fintan se había abocado con entusiasmo a la tarea
de reinventarse a sí mismo. El primer paso fue modificar su lenguaje.
Tara y Katherine habían observado con impotencia cómo
Fintan aderezaba las conversaciones con afeminados «Aaay, es
francamente alucinante» o «Guaaau».
Pero en los últimos dos años había recuperado su acento irlandés.
Aunque con algunas variantes. Cualquier acento extranjero
era considerado aceptable y elegante en el medio en que se
movía, la industria de la moda. Sus colegas lo encontraban encantador.
Pero Fintan también era consciente de la importancia de
que lo entendieran, de modo que en la actualidad empleaba una
versión light del acento de Clare. Los doce años de residencia en
Londres también habían suavizado y civilizado la manera de pronunciar
el inglés de Tara y Katherine.
—Feliz cumpleaños —dijo Fintan a Tara.
No se besaron. Aunque Tara, Katherine y Fintan besaban
prácticamente a cualquier persona a la que trataban, nunca se be-
saban entre ellos. Habían crecido en un pueblo donde no era habitual
expresar afecto físicamente. La versión de Knockavoy del
preludio sexual era decir: «Prepárate, nena.»
No obstante, eso no había evitado que poco después de llegar
a Londres Fintan tratara de imponer la costumbre continental de
dar un beso en cada mejilla en el piso que compartían en Willesden
Green. Hasta había pretendido que se besaran entre ellos
cuando volvían del trabajo, pero la fuerte resistencia de las chicas
le había causado una profunda decepción. Todos sus nuevos
amigos homosexuales tenían compañeras de piso complacientes,
¿por qué él no?
—¿Cómo estás? —preguntó Tara—. Vaya si tienes suerte:
parece que has adelgazado. ¿Qué tal tu beriberi?
—Dándome guerra, ensañándose conmigo, ahora lo tengo localizado
en el cuello —respondió Fintan con un suspiro—. ¿Y tu
fiebre tifoidea?
—He conseguido vencerla con un par de días de reposo —dijo
Tara—. Ayer tuve un caso leve de hidrofobia, pero también lo he
superado.
—Esos chistes son perversos —terció Katherine, cabeceando
con cara de disgusto.
—¿Acaso es culpa mía si siempre me siento enfermo? —replicó
Fintan, furioso.
—Sí —dijo Katherine sin rodeos—. Si no salieras de juerga
todas las noches te sentirías mucho mejor por las mañanas.
—Si descubren que tengo el sida los remordimientos te corroerán
—gruñó Fintan, taciturno.
Katherine palideció. Hasta Tara se estremeció.
—No deberías bromear con esas cosas.
—Lo siento —dijo Fintan—. El pánico hace que uno diga estupideces.
Anoche me encontré con un viejo amigo de Sandro
que parece un superviviente del campo de Belsen. Yo ni siquiera
sabía que era seropositivo. La lista sigue creciendo y me tiene absolutamente
acojonado.
—Dios santo —musitó Tara.
—Pero tú no tienes nada que temer —se apresuró a decir
Katherine—. Practicas sexo seguro y tienes una pareja estable.
A propósito, ¿cómo está el poni italiano?
—Es un chico diviiino, diviiino —dijo Fintan con afectación.
Algunos comensales volvieron a mirarlo y asintieron con satis-
facción, convencidos de que, tal como habían sospechado en un
principio, era un actor famoso—. Sandro es estupendo —prosiguió
con tono normal—. No podría ser mejor. Te envía recuerdos
y esta tarjeta —se la entregó a Tara—. Dice que lo disculpes
porque no ha podido venir, pero en estos momentos estará luciendo
un vestido de baile de tafetán verde jade y bailando al
son de Show me the Way to Amarillo. Es dama de honor en la
boda de Peter y Eric.
Fintan y Sandro eran pareja desde hacía años. Sandro era italiano,
y como era demasiado pequeño para el calificativo de «semental
», le llamaban «poni». Era arquitecto y vivía con Fintan en
un piso muy elegante del barrio de Notting Hill.
—¿Eres capaz de confesarme una cosa? —preguntó Tara con
cautela—. ¿Tú y tu poni alguna vez os peleáis?
—¿Pelear? —Fintan estaba atónito—. ¿Que si nos peleamos?
¡Qué pregunta! Estamos enamorados.
—Lo siento —murmuró Tara.
—No paramos —prosiguió Fintan—. Nos lanzamos el uno al
cuello del otro mañana, tarde y noche.
—De modo que estáis locos el uno por el otro —señaló Tara
con envidia.
—Digámoslo de esta manera —respondió Fintan—: el tipo que
creó a Sandro no conseguirá superarse a sí mismo. Pero ¿por
qué preguntas si nos peleamos?
—Por nada en particular. —Tara le entregó un pequeño paquete—.
Éste es tu regalo para mí. Me debes veintiocho libras.
Fintan cogió el paquete, admiró el papel y se lo devolvió a
Tara.
—Feliz cumpleaños, preciosa. ¿Qué tarjetas de crédito aceptas?
Tara, Katherine y Fintan habían acordado que cada uno de
ellos se compraría sus propios regalos de cumpleaños y Navidad.
Todo había empezado después de la fiesta del vigésimo cuarto
cumpleaños de Fintan, cuando las chicas casi se habían quedado
en la bancarrota para comprarle una edición de lujo de las obras
completas de Oscar Wilde. Fintan había aceptado el regalo con
palabras de gratitud pero una cara curiosamente inexpresiva.
Unas horas después, cuando la fiesta estaba en pleno apogeo, lo
habían encontrado llorando, acurrucado en posición fetal en el
suelo de la cocina, entre patatas fritas trituradas y latas de cerveza
vacías.
—Libros —había dicho entre sollozos—, malditos libros. Lamento
ser tan ingrato, pero ¡pensé que ibais a regalarme una camiseta
de John Galliano!
Esa noche habían llegado al acuerdo que mantenían hasta el
presente.
—¿Qué te he regalado? —preguntó Fintan.
Tara rasgó el papel y le enseñó una barra de labios.
—No es un pintalabios corriente —explicó con entusiasmo—.
Éste es verdaderamente indeleble. La dependienta me aseguró
que seguirá incólume tras un ataque nuclear. Creo que mi larga
búsqueda finalmente ha terminado.
—Ya era hora —dijo Katherine—. ¿Cuántas veces te han timado?
—Demasiadas —respondió Tara—. Siempre me prometían
que el color era permanente e inalterable, y luego iba dejando
manchas en los vasos y los tenedores como si llevara un carmín
corriente. ¡Ha sido espantoso!
La siguiente en llegar fue Liv, absolutamente despampanante
con su abrigo de Agnés B. Liv era una fanática de las marcas,
como correspondía a alguien que trabajaba en el mundo del diseño,
aunque su especialidad fuera la decoración de interiores.
Liv era sueca. Alta, con piernas y brazos robustos, dientes
inmaculados y una melena lisa y rubia hasta la cintura. Muchos
hombres sospechaban haberla visto antes en alguna película porno.
Había entrado en la vida de Tara y Katherine cinco años antes,
cuando Fintan se había ido a vivir con Sandro. Entonces habían
puesto un anuncio pidiendo compañera de piso, pero no
conseguían que nadie aceptara el minúsculo dormitorio libre.
Tampoco tenían esperanzas de que lo alquilara aquella sueca. Era
demasiado corpulenta. Pero en cuanto Liv cayó en la cuenta de
que las chicas eran irlandesas —mejor aun, que procedían de la
Irlanda rural—, su mirada se iluminó, metió la mano en el bolso
y les entregó una paga y señal en metálico.
—Pero ni siquiera has preguntado si tenemos lavadora —dijo
Katherine, sorprendida.
—Eso es lo de menos —terció Tara, atónita—. Ni siquiera sabes
a qué distancia está la tienda de licores.
—Da igual —dijo Liv con un ligero acento extranjero—. Esos
detalles no tienen importancia.
—Si estás segura... —Tara ya se estaba preguntando si Liv
tendría amigos suecos en Londres. Gigantes bronceados y rubios
que pudiera llevar a casa y presentarle.
Pero pocos días después de que Liv se mudara, las chicas descubrieron
el motivo de su entusiasmo. Para sorpresa y consternación
de Tara y Katherine, preguntó si podía acompañarlas a misa
o rezar el rosario con ellas cada noche. Al parecer, Liv estaba empeñada
en encontrar un sentido a su vida. Ya había encallado entre
las rocas de la psicoterapia, pero tenía todas sus esperanzas
puestas en la iluminación espiritual y esperaba que aquellas irlandesas
le contagiaran su fervor católico.
—Lamento defraudarte —explicó Katherine con tacto—, pero
somos católicas no practicantes.
—¿No practicantes? —exclamó Tara—. ¿Qué dices?
Katherine se quedó atónita. No había visto ninguna señal reciente
de que la fe de Tara se hubiera reavivado.
—No practicantes es una expresión demasiado suave —se explicó
Tara por fin—. Sería más exacto decir descarriadas.
Con el tiempo Liv superó su decepción. Y aunque pasaba
mucho tiempo hablando de la reencarnación con el dependiente
sij de la tienda de licores, en los demás aspectos era perfectamente
normal. Recibía cartas amenazadoras de la compañía de su tarjeta
de crédito y tenía novios, resacas y un armario lleno de ropa
que compraba en las rebajas y no usaba nunca.
Compartió casa con Tara y Katherine durante tres años y
medio, hasta que decidió tratar de remediar su angustia existencial
comprándose un piso. Pero había pasado sus primeros seis
meses de propietaria en el de Tara y Katherine, llorando y quejándose
de su soledad. Y seguramente habría seguido haciéndolo
si Katherine y Tara no se hubieran mudado y tomado caminos
separados.

2
—¿Así que estaremos los cuatro solos? —Fintan parecía sorprendido.
Tara asintió con un gesto.
—Me siento demasiado insegura para celebrarlo a lo grande.
En este día tan triste, necesito el consuelo de un pequeño grupo
de amigos.