Sushi para principiantes - Extracto


AGRADECIMIENTOS
Gracias a mi fantástica editora, Louise Moore y a todo el personal
de Michael Joseph y Penguin por su esfuerzo y entusiasmo.
Gracias a todo el personal de Poolbeg.
Gracias a Jonathan Lloyd y a todo el personal de Curtis
Brown.
Gracias a Caitríona Keyes, Mammy Keyes, Rita-Anne Keyes
y Louise Voos, que leyeron el manuscrito mientras lo escribía y
me pedían más.
Gracias a Eileen Prendergast, sobre todo por sugerirme el título
del libro.
Gracias a Siobhan Coogan por la información sobre la vida
de las madres.
Gracias a la comunidad Simon por la información sobre la
mendicidad.
Gracias a Morag Prunty y a todo el personal de Irish Tatler
por descubrirme el mundo de las revistas.
Gracias a todos los cómicos de micrófono que conozco.
¡Ninguno se parece en nada a los que describo en este libro!
Gracias al hotel Clarence.
Las personas que menciono a continuación también me ayudaron
mucho con sus consejos y entusiasmo. Si me olvido de alguien,
ruego que me perdone: Suzanne Benson, Jenny Boland,
Susie Burgin, Ailish Connelly, Gai Griffin, Suzanne Power y
Annemarie Scanlan.
Gracias, como siempre, a mi querido Tony, por todo.

1
Desde hacía semanas se respiraba una atmósfera extraña en la revista
Femme, una sensación de que algo no funcionaba bien. Finalmente
estallaron las especulaciones cuando se confirmó que
Calvin Carter, director ejecutivo de la empresa, había sido visto
deambulando por el último piso, buscando el lavabo de caballeros.
Por lo visto acababa de llegar a Londres procedente de la oficina
central, ubicada en Nueva York.
Por fin. Lisa apretó los puños, emocionada. ¡Por fin! Sabía
que tarde o temprano llegaría este momento.
Recibió la llamada aquel mismo día. ¿Podía subir un momento
a ver a Calvin Carter y al director ejecutivo de la delegación en
Gran Bretaña, Barry Hollingsworth?
Lisa colgó bruscamente. «¡Pues claro!», gritó.
Sus colegas no le prestaron atención. En la redacción de la revista
era habitual que la gente colgara el teléfono de un porrazo y
se pusiera a gritar. Además, estaban todos atrapados en el Infierno
del Plazo de Entrega: si al anochecer no tenían listo el número
de aquel mes, la impresión se retrasaría y su rival por excelencia,
Marie Claire, volvería a adelantárseles. Pero a Lisa ya no le
importaba, porque a partir de mañana tendría otro empleo. Tendría
un empleo mucho mejor en otro sitio.
Lisa tuvo que esperar veinticinco minutos fuera de la sala de
juntas. Al fin y al cabo, Barry y Calvin eran hombres importantes.
—¿La dejamos entrar ya? —le preguntó Barry a Calvin cuando
creyó que ya llevaban un buen rato matando el tiempo.
—Sólo hace veinte minutos que la hemos llamado —observó
Calvin, malhumorado. Era evidente que Barry Hollingsworth no
se había dado cuenta de lo importante que era él, Calvin Carter.
—Lo siento, creía que era más tarde. ¿Por qué no me enseñas
otra vez lo que tengo que hacer para mejorar mi swing?
—Claro. A ver, agacha la cabeza y quédate quieto. ¡Quieto!
Los pies firmes, el brazo izquierdo recto. Y ahora, ¡dale!
Cuando finalmente dejaron entrar a Lisa, Barry y Calvin estaban
sentados detrás de una mesa de nogal que medía aproximadamente
un kilómetro. Su aspecto era intimidante.
—Siéntate, Lisa. —Calvin Carter inclinó con elegancia su canosa
cabeza.
Ella se sentó. Se alisó el cabello de color caramelo, exhibiendo
al máximo sus reflejos gratis de color miel. Gratis, porque Lisa
nunca se olvidaba de incluir al salón de belleza en la sección «Imprescindibles
» de la revista.
Se puso cómoda y cruzó pulcramente los pies, luciendo sus
zapatos Patrick Cox. Aquellos zapatos le iban pequeños: a pesar
de que había pedido infinidad de veces a la oficina de prensa de
Patrick Cox que le enviaran el número seis, ellos siempre le enviaban
el cinco. De todos modos, unos zapatos de tacón de aguja
de Patrick Cox gratis eran unos zapatos de tacón de aguja de Patrick
Cox gratis. ¿Qué importancia tenía que le produjeran un
dolor insoportable?
—Gracias por venir —dijo Calvin, sonriente.
Lisa decidió devolverle la sonrisa. Las sonrisas eran una mercancía,
como todo lo demás, y sólo se ofrecían a cambio de algo
útil; pero ella creyó que en este caso valía la pena. Al fin y al cabo,
no todos los días te trasladaban a Nueva York y te nombraban
directora adjunta de la revista Manhattan. Así que estiró los labios
y mostró sus dientes, blancos como perlas (gracias al lote de
pasta de dientes Rembrandt donada para un concurso celebrado
entre las lectoras, pero que Lisa consideró que resultaría más útil
en su cuarto de baño).
—¿Cuánto tiempo llevas en Femme? ¿Cuatro años? —Calvin
consultó unas hojas grapadas.
—El mes que viene hará cuatro años —murmuró Lisa con
una estudiada mezcla de deferencia y seguridad.
—Y eres directora desde hace casi dos años, ¿no es así?
—Así es. Dos años maravillosos —confirmó ella, conteniendo
el impulso de meterse los dedos en la garganta y vomitar.
—Y si no me equivoco, sólo tienes veintinueve años —añadió
Calvin, admirado—. Pues bien, como ya sabes, aquí, en Randolph
Media, recompensamos a la gente a la que no le asusta trabajar.
Lisa no se inmutó ante aquella escandalosa mentira. Como
muchas empresas del mundo occidental, Randolph Media recompensaba
a la gente a la que no le asustaba trabajar con un
sueldo miserable, un volumen ingente de trabajo y continuos
descensos de categoría y despidos sin previo aviso.
Pero Lisa era diferente. Había cumplido con Femme, y había
hecho sacrificios que ni siquiera ella se había propuesto hacer:
empezar a trabajar a las siete y media casi todas las mañanas, trabajar
doce, trece y hasta catorce horas diarias, y luego, cuando finalmente
apagaba el ordenador, asistir a fiestas para la prensa. No
era raro que fuera a trabajar el sábado, el domingo o en días festivos.
Los porteros la odiaban, porque eso significaba que cuando
decidía ir a la oficina, uno de ellos tenía que ir a abrirle las puertas,
y por lo tanto tenía que renunciar al partido de fútbol del
sábado o a su excursión con la familia a Brent Cross un día de
fiesta.
—En Randolph Media hay un puesto vacante —dijo Calvin
dándose importancia—. Sería un reto fabuloso para ti, Lisa.
Ya lo sé, pensó ella con fastidio. Corta el rollo y vayamos al
grano.
—Implica el traslado al extranjero, lo cual a veces puede resultar
problemático para la pareja.
—Estoy soltera —dijo Lisa con brusquedad.
Barry frunció la frente, sorprendido, al recordar las diez libras
que había tenido que aportar para el regalo de bodas de un
empleado, unos años atrás. Habría jurado que el regalo era para
Lisa, pero quizá se equivocaba, quizá ya no estaba tan al día
como antes...
—Estamos buscando un editor para una nueva revista —prosiguió
Calvin.
¿Una nueva revista? Lisa se sobresaltó. Pero si Manhattan se
publicaba desde hacía setenta años. Cuando todavía estaba lidiando
con lo que aquello significaba, Calvin hizo el comentario
definitivo:
—El puesto implicaría tu traslado a Dublín.
El impacto de aquellas palabras le produjo un débil zumbido
en la cabeza, como si se le hubieran tapado los oídos. Una confusa
sensación de alienación. La única realidad que percibía era el
súbito dolor de los magullados dedos de los pies.
—¿Dublín? —repitió con un hilo de voz que no parecía su
voz. A lo mejor... a lo mejor se referían a Dublín, Nueva York.
—Dublín, la capital de Irlanda —añadió Calvin Carter, como
si hablara desde el otro extremo de un largo túnel, destruyendo
con esas palabras su última esperanza.
No puedo creer que esto me esté pasando a mí.
—¿Irlanda?
—Esa isla lluviosa que hay al otro lado del mar de Irlanda
—aportó Barry.
—Donde la gente bebe tanto —dijo Lisa con voz casi inaudible.
—Y donde hablan como cotorras. Exacto. Una economía en
auge, una gran población de gente joven... Los estudios de mercado
indican que el país está a punto para una nueva y batalladora
revista femenina. Y queremos que tú la pongas en marcha, Lisa.
Calvin y Barry la miraban con expectación. Ella sabía que la
costumbre era que se atrancara, se emocionara e hiciera comentarios
sobre lo mucho que apreciaba que hubieran depositado su
confianza en ella y que esperaba no decepcionarlos.
—Hummm... bueno, pues... gracias.
—Nuestra oferta en Irlanda es impresionante —se jactó Calvin—.
Tenemos Novias Hibernianas, Salud Celta, Interiores
Gaélicos, Jardines de Irlanda, El Consejero Católico...
—No, El Consejero Católico está a punto de cerrar —le interrumpió
Barry—. Las cifras de ventas han caído en picado.
—... Punto Gaélico... —A Calvin no le interesaban las malas
noticias—. El Automovilista Celta, Patatas (esa es nuestra revista
sobre gastronomía irlandesa), Bricolaje Irlandés y El Hib In.
—¿El Hib In? —se esforzó en decir Lisa. Era aconsejable seguir
hablando.
—Hib in —confirmó Barry—. Es la abreviación de «hiberniano
in». Una revista para hombres. Una mezcla entre Loaded y
Arena. Tú tienes que lanzar una versión femenina.
—¿Cómo se va a llamar?
—Hemos pensado llamarla Colleen. Joven, batalladora, moderna,
sexy... así es como queremos que sea. Sobre todo sexy,
Lisa. Y no demasiado intelectual. Olvídate de esos artículos deprimentes
sobre la circuncisión de las mujeres en Afganistán. Ese
no es nuestro público lector objetivo.
—Lo que queréis es una revista para bobas, ¿no?
—Veo que lo has captado —repuso Calvin, esbozando una
sonrisa radiante.
—Lo que pasa es que yo nunca he estado en Irlanda, no sé
nada del país.
—¡Exacto! —exclamó Calvin—. Eso es precisamente lo que
queremos. Nada de ideas preconcebidas, sino un enfoque fresco
y sincero. El mismo sueldo, una generosa ayuda para el traslado,
y empiezas dentro de dos semanas.
—¿Dos semanas? Pero si ni siquiera me va a dar tiempo
para...
—Tengo entendido que tienes una capacidad organizativa excelente
—la atajó Calvin—. Impresióname. ¿Alguna pregunta?
Lisa no pudo contenerse. Normalmente, sonreía mientras todavía
le estaban clavando el puñal, porque se imaginaba lo que
vendría después. Pero ahora estaba conmocionada.
—¿Qué hay del puesto de directora adjunta de Manhattan?
Barry y Calvin se miraron.
—Se lo hemos asignado a Tia Silvano, del New Yorker —admitió
Calvin de mala gana.
Lisa asintió con la cabeza. Tenía la sensación de que todo había
terminado. Se levantó, dispuesta a marcharse.
—Tendré que pensármelo —dijo—. ¿Cuándo tengo que contestar?
Barry y Calvin volvieron a mirarse.
Finalmente fue Calvin quien respondió:
—Ya hemos cubierto tu puesto actual.
Lisa se dio cuenta de que aquello era un hecho consumado, y
tuvo la impresión de que todo se movía a cámara lenta. No tenía
elección. Se quedó paralizada, gritando mentalmente, y tardó varios
largos segundos en comprender que no podía hacer otra cosa
que salir de la sala de juntas.
—¿Te apetece un partidito de golf? —le preguntó Barry a
Calvin cuando Lisa se hubo marchado.
—Me encantaría, pero no puedo. Tengo que ir a Dublín y hacer
las entrevistas para cubrir los otros puestos.
—¿Quién es actualmente el director ejecutivo de Irlanda?
—preguntó Barry.
Calvin arrugó la frente. Se suponía que Barry tenía que saberlo.
—Un tipo llamado Jack Devine —contestó.
—Ah, ya. Un poco díscolo, ¿no?
—No lo creo. —A Calvin no le hacían ninguna gracia los rebeldes—.
O por lo menos, más le vale no serlo.
Lisa intentó disimular. No quería admitir que estaba desilusionada,
sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que se había sacrificado.
Pero la realidad era inapelable: Dublín no era Nueva York,
se mirara por donde se mirase. Y el «generoso» paquete de ayudas
para el traslado era de juzgado de guardia. Lo peor, sin embargo,
era que tendría que devolver el móvil. ¡Su móvil! Era
como si le hubieran amputado una extremidad.
Ninguno de sus compañeros de trabajo lamentó excesivamente
su partida. Lisa nunca dejaba tocar a nadie los zapatos Patrick
Cox, ni siquiera a las chicas que calzaban el número cinco.
Y su costumbre de hacer comentarios personales venenosos y falsos
había hecho que se ganara el apodo de Viperina. Con todo, el
último día de Lisa en la oficina, el personal de Femme se reunió
en la sala de juntas para realizar la despedida de rigor: vasos de
plástico de vino blanco tibio que habría podido servir de quitaesmaltes,
una bandeja con un desordenado despliegue de patatas
fritas y ganchitos, y el rumor, nunca confirmado, de que estaban
a punto de llegar las salchichas de cóctel.
Cuando todo el mundo iba por el tercer vaso de vino y por lo
tanto podía esperarse que la gente hiciera gala de algún entusiasmo,
alguien pidió silencio y Barry Hollingsworth hizo su clásico
discurso, dándole las gracias a Lisa y deseándole suerte. Todos
estuvieron de acuerdo en que lo había hecho muy bien. Sobre
todo porque no se había equivocado de nombre. La última vez
que despidieron a un empleado, Barry había pronunciado un
conmovedor discurso de veinte minutos elogiando el extraordinario
talento y la valiosa aportación de una tal Heather, mientras
Fiona, la chica que se marchaba, escuchaba muerta de vergüenza.
A continuación le entregaron a Lisa los vales de Marks &
Spencer por valor de veinte libras y una enorme postal con un hipopótamo
y el texto «Te echaremos de menos». Ally Benn, la antigua
secretaria de Lisa, había elegido cuidadosamente el regalo de
despedida. Había cavilado mucho sobre los gustos de Lisa, y al final
había llegado a la conclusión de que los vales de M&S le darían
más rabia que ninguna otra cosa. (Ally Benn calzaba un cinco.)
—¡Por Lisa! —concluyó Barry. A esas alturas estaban todos
colorados y exaltados, así que alzaron sus vasos de plástico, tirándose
vino y trozos de corcho por la ropa, y mientras reían por
lo bajo y se daban codazos, gritaron:
—¡Por Lisa!
Lisa no se quedó más de lo imprescincible. Llevaba mucho
tiempo soñando con aquella despedida, pero siempre había creído
que cuando se marchara lo haría montada en una ola de éxito
que la llevaría en volandas hasta Nueva York. En lugar de partir
hacia lo que, en el mundo de la prensa femenina, equivalía al exilio
en Siberia. Era una pesadilla espantosa.
—Tengo que irme —les dijo al grupo de chicas que habían
trabajado a sus órdenes en los dos últimos años—. He de acabar
de hacer el equipaje.
—Claro —dijeron ellas, coreando alegremente sus despedidas—:
Buena suerte, pásatelo bien, disfruta de Irlanda, ten cuidado,
no trabajes demasiado...
Cuando Lisa llegó a la puerta, Ally gritó:
—¡Te echaremos de menos!
Lisa asintió y cerró la puerta.
—Y una mierda —añadió Ally por lo bajo—. ¿Queda vino?
Se quedaron hasta que no quedó ni una gota, hasta que desapareció
la última miga de patata de la bandeja; entonces se miraron
unos a otros y se preguntaron, con un ánimo peligrosamente
subido de tono:
—¿Qué hacemos?
Bajaron al Soho e irrumpieron en los bares pidiendo tequila,
una verdadera horda de oficinistas afectados por la fiebre del
viernes por la noche. La pequeña Sharif Mumtaz (redactora adjunta)
se separó del grupo, y la acompañó a casa un chico muy
amable con el que se casó nueve meses más tarde. Un individuo le
compró a Jeanie Geoffrey (colaboradora de moda) una botella de
champán y le aseguró que era «una diosa». A Gabbi Henderson
(salud y belleza) le robaron el bolso. Y Ally Benn (la nueva directora)
se subió a una mesa en uno de los pubs más concurridos
de Wardour Street y bailó como una loca hasta que se cayó y se
hizo diversas fracturas en el pie derecho.
Dicho de otro modo: fue una noche fabulosa.

2
—¡Ted! ¡Llegas en el mejor momento! —Ashling abrió la
puerta de par en par y, por una vez, no pronunció su frase más
habitual, a saber: «Mierda, es Ted».
—¿En serio? —Ted entró con precaución en el piso de Ashling.
Normalmente no recibía una bienvenida tan calurosa.