Un Tipo Encantador - Extracto


Agradecimientos

Escribir este libro me ha llevado un tiempo bochornosamente largo
y mi memoria a corto plazo ya no es lo que era —al parecer eso
es lo que ocurre cuando estás perimenopáusica (no menopáusica,
debería aclarar; para eso falta todavía mucho, y cuando llegue el
momento ya estaré nuevamente en forma y ganando al Mastermind)—,
de modo que es muy probable que alguien me haya prestado
una ayuda inestimable en las primeras fases del libro y yo lo
haya olvidado por completo. Si eres esa persona, mis más sinceras
disculpas.
Gracias a mi extraordinaria y clarividente editora, Louise Moore,
y a todo el equipo de Michael Joseph por su amistad, entusiasmo
y arduo trabajo en beneficio de mis libros. Soy una escritora
afortunada donde las haya.
Gracias, asimismo, al legendario Jonathan Lloyd y a toda la
gente de Curtis Brown por su ilimitado apoyo. Todos —Louise, Jonathan
y yo— hemos trabajado juntos once años y ha sido fantástico.
Gracias a Bob Holt, quien, junto con sus hijos Bobby, Billy y
Jamie Holt, pagó una importante suma de dinero al Bobby Moore
Fund for Cancer Research UK para que su esposa, Marilyn Holt,
apareciera como un personaje en este libro.
Gracias también a Angus Sprott, que entregó una cantidad
igualmente generosa a la Breast Cancer Campaign para que un personaje
llevara su nombre.
Como ocurriera con mis otros libros, algunas personas han ac-tuado de conejillos de Indias leyendo mi libro a medida que lo escribía
y sugiriéndome cambios y mejoras. Sí, muchas mejoras. Aunque
puede que entonces gritara, me gustaría dejar claro que les estoy
enormemente agradecida por este servicio. Gracias a Chris
Baines, Suzanne Benson, Jenny Boland, Ailish Connolly, Debbie
Deegan, Susan Dillon, Caron Freeborn, Gai Griffin, Gwen Hollingsworth,
Cathy Kelly, mama Keyes, Ljiljana Keyes, Rita-Anne
Keyes, Eileen Prendergast, Kate Thompson y Louise Voss.
Gracias en especial a AnneMarie Scanlon, que me ayudó con mi
investigación y, sin reparos, exigió respuestas a preguntas que a
mí me daba demasiada vergüenza hacer. Y dos veces gracias a Caitríona
Keyes, quien tantas historias y refranes divertidos me ha
contado a lo largo de los años y los cuales yo le he robado con todo
descaro. En un intento tardío de reconocer su valiosa aportación, a
ella dedico este libro.
Como siempre, gracias a mi amado Tony, sin el cual nada de
esto sería posible.
Breve nota explicativa: parte de este libro está ambientada en el
feo y rancio mundo de la política irlandesa y me he tomado la libertad
de cambiar los nombres de los dos partidos políticos más importantes
de Irlanda, Fianna Fáil y Fine Gael, por los de Partido
Nacionalista de Irlanda y Progresistas Cristianos. No lo hice con
intención de evitar una demanda por calumnias —creo sinceramente
que los políticos irlandeses son tan detestables como aparecen en
estas páginas, o incluso peor— sino de facilitar la pronunciación,
etcétera, a los lectores no irlandeses. Asimismo, las siglas TD (abreviatura
de Teachta Dála) hacen referencia a los miembros del parlamento
irlandés (llamado the Dáil). (Que está ubicado en Leinster
House.) (Por último, la mayoría de los gobiernos irlandeses son
coaliciones.) (Probablemente esta sea la única explicación que necesites.)
Mientras escribía este libro tuve que llevar a cabo un intenso
trabajo de investigación, lo que realmente detesto, pero la gente se
mostró increíblemente generosa con su tiempo y paciencia. Cualquier
error es mío. Gracias a Martina Devlin, Mary O’Sullivan,
Madeleine Keane, Barry Andrews TD (TD, ahora ya sabes qué significa);
toda la gente de LHW Property Finance (en especial Niall
Coughlan); Ben Power, «Amanda», «Chloe», Natalie y todas las
chicas.
Gracias a Andrew Fitzsimons por la palabra «fabulize».
Gracias a la gente de Women’s Aid, tanto de la oficina irlandesa
como británica. Y, por último, gracias a todas las supervivientes
de la violencia doméstica que —anónimamente— me contaron lo
que les había ocurrido. Cuando escribí este libro era mi humilde
intención honrar sus historias.

Todos recuerdan dónde estaban el día que escucharon que Paddy de
Courcy se casaba. Yo fui de las primeras en enterarme. Trabajo en
un periódico y allí estaba cuando David Thornberry, corresponsal
político (y el hombre más alto de Dublín) llegó con la noticia de que
De Courcy había decidido pasar por la vicaría. Me sorprendió.
Bueno, la verdad es que nos sorprendió a todos. A mí, sin embargo,
me sorprendió doblemente, y eso que aún no sabía quién era la
afortunada. Pero no podía mostrar mi disgusto. Aunque dudo que
alguien lo hubiera notado. Podría caerme redonda en la calle que la
gente aún me pediría que la llevara en coche a la estación. Así son las
cosas cuando eres la sana de dos gemelas. En fin, el caso es que Jacinta
Kinsella (jefa) necesitaba una reseña breve sobre el compromiso
y no me quedó más remedio que poner a un lado mis sentimientos
personales y comportarme como una profesional.

Grace Gildee

 

Habría sido un detalle que me lo hubieras consultado primero.

ALICIA THORNTON

Estaba en la red, buscando en ebid un bolso de lechuza (de Stella
McCartney, no cualquier bolso de «lechuza») para una clienta que te-
nía una acto benéfico en defensa de la flora y la fauna, cuando vi el
titular. DE COURCY SE CASA. Pensé que era una broma. Los medios siempre
andan inventando historias, poniendo celulitis a chicas que no
tienen y quitándosela a chicas que sí tienen. Cuando me enteré de
que era cierto entré en estado de shock. De hecho, creí que me estaba
dando un infarto. Habría pedido una ambulancia, pero no podía
recordar el 999. Todo el rato me venía a la cabeza el 666. El número
de la bestia.

FIONNOLA «LOLA» DALY

Ni se te ocurra ser feliz, cabrón. Eso fue lo que pensé cuando me
enteré. Ni se te ocurra ser feliz.

MARNIE HUNTER

De Courcy se casa

Mujeres de todo el planeta estarán luciendo un brazalete negro
cuando se enteren de que el político más atractivo de Irlanda,
Paddy «Quicksilver» de Courcy, ha decidido retirarse del mercado
y sentar la cabeza. De Courcy, figura popular en los salones VIP
de los locales de moda de Dublín y de quien se dice que tiene un aire
a JohnJohn Kennedy, ha sido relacionado en los últimos diez años
con algunas mujeres glamourosas, entre ellas la modelo convertida
en actriz Zara Kaletsky y la alpinista del Everest Selma Teeley,
pero hasta ahora nunca había dado muestras de querer un compromiso
serio.
Poco se sabe de la mujer que ha conquistado su veleidoso corazón.
Se trata de una tal Alicia Thornton, que nada tiene de modelo
ni de alpinista: se diría que el único ascenso que le interesa es
el social. La señorita Thornton (35), al parecer viuda, trabaja
para una conocida agencia inmobiliaria, si bien tiene previsto
dejar su empleo cuando contraiga matrimonio para poder «entregarse
de lleno» a la próspera carrera política de su marido. Como esposa
del ambicioso «Quicksilver», no le aguarda una tarea fácil.
De Courcy (37) es el número dos del NewIreland, partido creado
hace tres años por Dee Rossini y otros diputados descontentos con
la cultura de corrupción y amiguismo que predomina en los principales
partidos políticos de Irlanda. En contra de la creencia popular,
De Courcy no se halla entre los miembros fundadores del NewIreland.
En realidad, se unió al partido a los ocho meses de su creación,
cuando ya era evidente que se trataba de un proyecto viable.

Lola
Día cero. Lunes, 25 de agosto, 14.25
El peor día de mi vida. Cuando la primera impresión me liberó de sus
diabólicas garras, lo primero que pensé fue que Paddy no me había
telefoneado. Inquietante. Yo era su novia, los medios no hacían otra
cosa que hablar de que iba a casarse con otra mujer, y no me había
telefoneado. Mala señal.
Le llamé al móvil privado. No al móvil privado corriente, sino al
móvil privado, privado, el que solo tenemos su entrenador personal
y yo. Sonó cuatro veces, saltó el buzón y supe que era cierto.
Fin del mundo.
Le llamé al despacho, le llamé a casa, seguí probando en el móvil,
le dejé cincuenta y un mensajes. Contados.
18.01
Sonó teléfono. ¡Paddy!
—¿Has leído la prensa de la tarde? —preguntó.
—Internet —dije—. Nunca leo la prensa. (Irrelevante, pero la
gente dice las cosas más raras cuando se halla en estado de shock.)
—Lamento que hayas tenido que enterarte de esta forma tan
cruel. Quería contártelo yo, pero un periodista…
—¿Qué? —aullé— ¿Entonces es cierto?
—Lo siento, Lola, no pensé que fueras a tomarte nuestra relación
tan en serio. Lo nuestro fue solo una aventura.
—¿Aventura? ¿Aventura?
—Sí, cosa de unos meses.
—¿Unos meses? Dieciséis meses, dieciséis meses con todos sus
días, Paddy. Eso es mucho tiempo. ¿En serio vas a casarte con esa
mujer?
—Sí.
—¿Por qué? ¿La quieres?
—Claro. No me casaría con ella si no la quisiera.
—Pensaba que era a mí a quien querías.
Con voz apesadumbrada, dijo:
—Nunca te prometí nada, Lola. Pero eres una gran, gran chica.
Una entre un millón. Cuídate mucho.
—¡Espera, no cuelgues! Tengo que verte, Paddy. Por lo que más
quieras, solo cinco minutos. (Cero dignidad, pero no pude contenerme.
Estaba gravemente trastornada.)
—Trata de no guardarme rencor —dijo—. Yo siempre pensaré
con cariño en ti y en el tiempo que pasamos juntos. Y recuerda…
—¿Qué? —susurré, ansiando escuchar algo que suavizara el terrible,
insoportable dolor.
—Ni se te ocurra hablar con la prensa.
18.05 hasta medianoche
Llamé a todo el mundo. Incluido Paddy. Perdí cuenta del número de
veces, pero fueron muchas. De eso estoy segura. Dos cifras, puede
que tres.
Mi teléfono tampoco paraba de sonar. Bridie, Treese y Jem
—amigos de verdad— se esforzaban por consolarme a pesar de que
Paddy no les caía bien. (Nunca me lo confesaron, pero yo lo sabía.)
También muchos amigos de mentira —¡chismosos!— llamando para
regodearse. Comentario general, «¿Es cierto que Paddy de Courcy
va a casarse y no contigo? Pobrecilla. Es terrible. Es realmente terrible.
Es tan HUMILLante. Tan INSULtante. ¡Tan DEGRAdante! Tan…».
Muy digna, yo respondía, «Gracias por los ánimos. Ahora debo dejarte».
Bridie vino a verme.
—No estabas hecha para ser la esposa de un político —dijo—.
Vistes demasiado moderna y llevas reflejos violetas en el pelo.
—¡Molichinos, por lo que más quieras! —aullé—. Lo de violeta
suena a… a adolescente.
—Era demasiado controlador —continuó—. Casi no te veíamos,
sobre todo en los últimos meses.
—¡Estábamos enamorados! Ya sabes lo que pasa cuando estás
enamorada.
Bridie se había casado hacía un año, pero Bridie poco sentimental.
—El amor es muy bonito, sí, pero eso no significa que tengáis
que vivir uno encima del otro. Siempre estabas cancelando nuestras
citas.
—¡El tiempo de Paddy es oro! ¡Es un hombre muy ocupado! ¡No
tenía más remedio que amoldarme!
—Además —continuó Bridie—, nunca lees la prensa, nunca estás
al corriente de lo que ocurre en el mundo.
—¡Habría aprendido! —dije—. ¡Habría cambiado!
Martes, 26 de agosto
Siento que todo el país me mira, me señala, se ríe de mí. Había presumido
de lo mío con Paddy delante de amigos y clientas y ahora todos
sabían que iba a casarse con otra. Equilibrio por los suelos. En una
sesión de fotos en Wicklow Hills para catálogo navideño de Harvey
Nichols planché vestido de noche Chloé al bies seda color ostra (¿sabes
a cuál me refiero?) a temperatura demasiado alta y lo quemé.
Marca negruzca con la forma de la plancha en entrepierna de icónico
vestido de 2.035 euros (precio minorista). Insalvable. Vestido debía
ser tema central de sesión. Tuve suerte de que no me lo cobraran, o
de que no me hicieran arrestar.
Nkechi insistió en tomar el control de la situación —es una ayudante
excelente, tanto que todo el mundo piensa que es mi jefa—
porque las manos me temblaban, no podía concentrarme y tenía que
ir constantemente al lavabo portátil para vomitar.
Eso no es todo. Vientre descompuesto. Te ahorraré los detalles.
20.30 - 0.34
Bridie y Treese vinieron a verme a casa y me retuvieron físicamente
para que no agarrara coche y me personara en casa de Paddy para
pedir audiencia.
3.00
Me desperté y pensé, «¡Ahora es mi oportunidad!». Entonces vi a
Treese tumbada a mi lado. Y lo que es peor, despierta y dispuesta
a pelear.
Miércoles, 27 de agosto, 11.05
Constante letanía en mi cabeza. Va a casarse con otra. Va a casarse
con otra. Va a casarse con otra. Y cada dos o tres horas, ¿Cómo?
¿Qué es eso de que va a casarse con otra? Como si acabara de enterarme,
y SENCILLAMENTE NO PUEDO CREERLO. Luego siento el impulso
de telefonearle, de intentar hacerle cambiar de parecer, pero no
contesta.
Entonces la letanía arranca de nuevo, luego viene la sorpresa,
luego tengo que llamarle y no me contesta, y así una y otra vez.
Vi foto de esa tal Alicia Thornton. (Estaba en el quiosco comprando
un Crunchie cuando la vi en la portada del Independent.) El
fotógrafo la había pillado saliendo de sus oficinas de Ballsbridge.
Difícil asegurarlo, pero parecía ir de Louise Kennedy. Eso me lo dijo
todo. Elegante pero sin arriesgar.
Me di cuenta de que reconocía esa cara. Alicia Thornton había
aparecido fotografiada con Paddy en lustrosas páginas de sociedad
en cuatro ocasiones durante los últimos meses. Leyenda siempre
decía, «Paddy de Courcy y acompañante». Cuando salió tercera foto,
me armé de valor suficiente para preguntarle sobre ella. Paddy me
acusó de no confiar en él y dijo que era una amiga de la familia. Le
creí. Pero ¿qué familia? ¡Paddy no tiene familia!
12.11
Llamada de Bridie.
—Esta noche salimos.
—¡No! —grité—. ¡No puedo enfrentarme al mundo!
—¡Sí puedes! ¡Y con la cabeza bien alta!
Bridie es muy mandona. Conocida como la Sargento entre sus
allegados.
—Bridie, estoy hecha polvo, me tiembla todo. No puedo ir a ninguna
parte. Ten piedad de mí.
—Es por tu bien —replicó—. Cuidaremos de ti.
—¿No podéis venir a mi casa?
—No.
Larga pausa. De nada me serviría resistirme. No conozco persona
más terca que Bridie.
Suspiré. Dije:
—¿Quién va?
—Nosotros cuatro. Tú, yo, Treese y Jem.
—¿También Jem? ¿Le ha dado permiso Claudia?
Claudia es la prometida de Jem. Muy posesiva a pesar de ser
guapa y delgada.
—Sí, le ha dado permiso —dijo Bridie—. Tuve unas palabras con
ella.
Bridie y Claudia se tenían profunda antipatía.
Jem era gran amigo mío, de Bridie y Treese, pero, curiosamente,
no era gay. Ni siquiera era metrosexual. (Bueno, en una ocasión
compró unos tejanos en Marks & Spencers y no vio nada de malo en
ello, hasta que le saqué delicadamente de su error.) Jem y yo habíamos
vivido, de adolescentes, en la misma calle. Estrechamos lazos en
frías paradas de autobús, en mañanas lluviosas, vistiendo trenca,
camino de la universidad. Él para ser gran ingeniero, yo para sacarme
diploma en moda. (Por si a alguien le interesa, mi trenca era de vinilo
azul eléctrico.)
20.35, café Albatross
Temblor en las piernas. En un tris de rodar por las escaleras del
restaurante. Tropecé en los últimos tres peldaños y estuve a punto
de hacer mi entrada patinando sobre las rodillas, a lo Chuck Berry.
Lo peor de todo fue que no me importó. Imposible hacer mayor ridículo
del que ya estaba haciendo. Bridie y Treese me estaban esperando.
Bridie —como siempre— lucía un estilo de lo más peculiar. Llevaba
su cabello liso y pelirrojo recogido en un moño de abuelita y un
jersey verde alucinante: encogido, torcido y con diminutos jinetes
bordados. Siempre había tenido un gusto muy raro, desde su primer
día de colegio a los cuatro años, cuando insistió en ponerse leotardos
del color de la sangre seca. Pero no podía importarle menos.
Treese, recaudadora de fondos para importante organización
benéfica, era mucho más elegante. Pelo muy rubio y con ondas, como
diosa del cine de los años cuarenta, y precioso vestido con chaqueta
a juego. (De Whistles, pero en el cuerpo de Treese podía pasar
por un Prada.) Si trabajas en una organización benéfica se supone
que puedes ir a trabajar con pantalones de pana beis y chaqueta con
capucha, pero no. La de Treese es una gran organización benéfica
que trabaja en el mundo en vías de desarrollo (no en el Tercer Mundo,
ya no se puede decir eso, no es políticamente correcto).
A veces tiene que reunirse con ministros para pedirles dinero, a
veces hasta tiene que viajar a Bruselas para pedir fondos a la UE.
—¿Dónde está Jem? —pregunté.
Estaba segura de que había cancelado porque raras veces conseguíamos
vernos los cuatro juntos, incluso cuando quedábamos con
varias semanas de antelación, y en este caso hablábamos de apenas
unas horas. (Tuve que reconocer que en los últimos meses yo había
sido la principal infractora.)
—¡Ahí está! —dijo Bridie.
Jem, corriendo, maletín, gabardina, agradable cara redonda.
Empezamos a beber vino. Las lenguas se soltaron. Como ya dije,
siempre había sospechado que a mis amigos les caía mal Paddy.
Y ahora que me había humillado públicamente, podían hablar de él
con total libertad.
—Nunca me dio buena espina —dijo Jem—. Era demasiado encantador.
—¿Demasiado encantador? —repliqué—. ¿Cómo se puede ser
demasiado encantador? Ser encantador es algo maravilloso, como el
helado. ¡Nunca tienes bastante!
—Ahí te equivocas —dijo Jem—. Si te comes un litro de Chunky
Monkey y luego un litro de Cherry Garcia, vomitas.
—Yo no —dije—. Además, recuerdo muy bien aquella noche y lo
que te hizo vomitar no fue el helado sino el porro de maría.
—Era demasiado guapo —dijo Bridie.
Volví a expresar mi incredulidad.
—¿Demasiado guapo? ¿Cómo se puede ser demasiado guapo? Eso
es imposible. Va en contra de las leyes de la física. O de las leyes de
algo. Las leyes de la tierra, quizá.
Además, ¿acababa de insultarme?
—¿Estás diciendo que era demasiado guapo para mí?
—¡No! —exclamaron al unísono—. ¡Qué va!
—Tú eres una perita en dulce —dijo Jem—. ¡En dulce! ¡Tan guapa
como él o más!
—¡Más! —convino Treese.
—¡Sí, más! —aseguró Bridie—. Pero de otra forma. Lo suyo es
demasiado obvio. Cuando lo miras, piensas: «Ahí va un hombre alto,
moreno y apuesto». ¡Demasiado perfecto! Mientras que en tu caso
piensas: «Ahí va una mujer joven y bonita, de estatura media, con
una melena bien cortada y un delicioso tono castaño con toques violetas…
—¡Molichinos, por lo que más quieras!
—… fantástica figura para no ser fumadora, ojos chispeantes
y nariz pequeña y simétrica». —(Bridie estaba convencida de que su
nariz apuntaba hacia la izquierda. Envidiaba a las personas con narices
que miraban completamente al frente )—. Cuanto más se te
mira, Lola, más atractiva resultas. Cuanto más miras a Paddy de
Courcy, menos atractivo resulta. ¿Me he dejado algo? —preguntó
a Treese y Jem.
—Una sonrisa que le ilumina la cara —dijo Jem.
—Eso —convino Bridie—. Tú tienes una sonrisa que te ilumina la
cara. Él no.
—Paddy de Courcy tiene una sonrisa falsa, como el Joker de
Batman —añadió Jem.
—¡Exacto, como el Joker de Batman!
Protesté.
—¡Paddy no es como el Jocker de Batman!
—Paddy ES como el Joker de Batman. —Bridie, implacable.
21.55
Sonó el móvil de Bridie. Miró el número y dijo:
—Tengo que contestar.
Hizo ademán de levantarse, pero le indicamos, «¡Quédate! ¡Quédate!
».
Queríamos escuchar conversación. Era su jefe (importante banquero).
Parecía que quería ir a Milán y que Bridie le organizara los
vuelos y el hotel. Bridie sacó una enorme agenda del bolso. (Bolso
muy bonito. Mulberry. ¿Por qué un bolso tan bonito pero ropa tan
peculiar? Incomprensible.)
—No —dijo—, no puede ir a Milán. Mañana es el cumpleaños de su
esposa. No, no pienso reservarle ningún vuelo. Sí, me niego. Un día
me lo agradecerá. Estoy evitando que pase a aumentar la lista de
divorciados.
Escuchó un poco más y soltó una carcajada desdeñosa.
—¿Despedirme? ¡No diga tonterías!
Colgó.
—Bien —dijo—, ¿por dónde íbamos?
—Bridie. —Treese parecía preocupada—. No está bien que te
niegues a reservarle un vuelo a Milán a tu jefe. Podría ser importante.
—¡Qué va! —Bridie agitó una mano para restar importancia al
asunto—. Estoy al tanto de todo lo que pasa y sé que la situación en
Milán no requiere la presencia de mi jefe. Sospecho que le ha echado
el ojo a una dama italiana y no pienso facilitar sus devaneos.

22.43
Postres. Pedí tarta de plátano. El plátano estaba viscoso, como hojas
húmedas en noviembre. Solté la cuchara y escupí el plátano en
mi servilleta. Bridie probó mi tarta. Dijo que no estaba viscosa. Nada
que ver con hojas húmedas en noviembre. Treese probó mi tarta.
Dijo que no estaba viscosa. Jem probó mi tarta. Dijo que no estaba
viscosa. Se la terminó. Para compensarme, me ofreció su tableta de
chocolate helado. Pero sabía a manteca con chocolate artificial. Bridie
la probó. Dijo que no sabía a manteca con chocolate artificial.
A chocolate sí, a manteca no. Treese estuvo de acuerdo. Y Jem.
Bridie me ofreció su tarta de manzana, pero la masa sabía a cartón
húmedo y los trocitos de manzana parecían bichitos muertos.
Los demás no estuvieron de acuerdo.
Treese no me ofreció su postre porque no tenía postre que ofrecer.
En otros tiempos había sido gorda y estaba intentando mantenerse
alejada del azúcar. Podía probar los postres de los demás pero
no podía pedirse uno.
Actualmente tenía bastante controlada su ansiedad por la comida,
pero todavía podía tener un mal día. Por ejemplo, si se estresa-
ba en el trabajo porque la UE le había negado una subvención para
instalar letrinas en Adís Abeba, podía zamparse hasta veinte Mars
seguidos. (Seguramente podría con más, pero la mujer de la tienda
de al lado se niega a vendérselos. En lugar de eso le dice, «Ya tienes
suficientes, cielo», como una amable tabernera. Le dice, «Treese,
cariño, te has esforzado mucho para perder todo ese peso. ¿No
querrás ponerte otra vez como una cerda? Piensa en tu adorable
marido. Él no te conoció estando gorda, ¿verdad?».)
Decidí pasar del postre y pedirme una copa de oporto.
—¿A qué sabe? —me preguntó Bridie—. ¿A botines podridos?
¿A ojos de gusano?
—A alcohol —dije—. Sabe a alcohol.
Después del oporto me tomé un amaretto. Después del amaretto,
un cointreau.
23.30
Me preparé para que me obligaran a ir a un bar, para que también allí
pudiera entrar «con la cabeza bien alta».
¡Pero no! Nadie mencionó esa posibilidad. Se habló de taxis y de
tener que madrugar y todos regresaron junto a sus seres queridos.
Bridie se casó el año pasado, Treese se casó este año y Jem vivía con
la posesiva Claudia. ¿Por qué salir a buscar filete cuando tienes una
hamburguesa en casa? Jem me acompañó a casa en taxi e insistió en
que si quería salir con él y con Claudia, era bienvenida. Jem era adorable.
Una persona de gran, gran corazón.
Pero mentía, naturalmente. Claudia me detestaba. No tanto
como a Bridie pero casi. (Breve inciso. ¿Recuerdas que me dijeron
que Paddy era demasiado guapo para mí? Bueno, pues lo mismo podía
decirse de Claudia con respecto a Jem. Claudia era rubia, de piel
bronceada, con piernas de kilómetro y enormes pechos de silicona,
la única persona que conocía que se los había operado. He de reconocer
que no eran grotescamente grandes, pero era imposible no
verlos. Y sospechaba que llevaba extensiones de pelo; un día que la
vi el pelo le llegaba por los hombros y a la semana siguiente le había
crecido treinta centímetros. Aunque puede que hubiera estado atiborrándose
de selenio.
Parecía modelo. De hecho, había sido modelo. Más o menos. Se
sentaba en capós de coches en bikini. También intentó ser cantante
y consiguió una audición para You’re A Star (reality show de talentos).
También intentó ser bailarina (en otro reality). Y actriz
(gastó una pequeña fortuna en primeros planos pero la echaron por
mala). Y corría el rumor de que alguien la había visto en una cola para
las pruebas de Gran Hermano, aunque ella lo niega.
Pero no era mi intención juzgarla. Dios me libre. Yo aterricé
en mi profesión después de muchos tanteos, de haber fracasado en
todo lo demás, etcétera, etcétera. Un punto para Claudia por su
espíritu emprendedor.
Si Claudia no me gustaba era, sencillamente, porque era antipática.
Apenas nos dirigía la palabra a Treese y a mí, y aún menos a
Bridie. Su lenguaje corporal siempre decía: No SOPORTO estar con
vosotras, pandilla de palurdas. Preferiría estar en un bar esnifando
cocaína del muslo de un presentador de telediarios.
Se comportaba como si fuéramos a robarle a Jem delante de sus
narices a la más mínima oportunidad. Pero no tenía de qué preocuparse.
Ni Treese, ni Bridie ni yo le teníamos echado el ojo a Jem. Las
tres habíamos ligado con él en la adolescencia. (Entonces su cara no
era tan redonda y franca como ahora. Tenía un aire más gamberro.)
Si quieres mi opinión más sincera, a veces sospechaba que a Claudia
ni siquiera le gustaba Jem. Lo trataba como a un chucho idiota
que podía comerse los zapatos de piel y destrozar las almohadas de
plumas en cuanto te dabas la vuelta.
Jem era una persona adorable, sencillamente adorable. Y se
merecía una novia adorable, sencillamente adorable.
Último dato. Jem ganaba mucho dinero. No estoy insinuando
nada. Es solo una observación.)
23.48
Entré en mi diminuto piso. Miré en torno a una vida que no era gran
cosa y pensé: «Estoy sola, y lo estaré el resto de mis días».
No era autocompasión. Solo realismo.
Jueves, 28 de agosto, 9.00
Sonó teléfono.
—¡Hola, Lola! —dijo voz femenina sumamente cordial.
—Hola —respondí con cautela.
Porque podía ser una clienta. Siempre he de fingir que reconozco
la voz y nunca debo preguntar, «¿Con quién hablo?». Les gusta pensar
que son especiales. (¿A quién no?)
—¡Hola, Lola! —repite la voz cordial—. Soy Grace. Grace Gildee.
Me preguntaba si podríamos tener una pequeña charla.
—Desde luego —dije. (Porque pensaba que era mujer buscando
asesoramiento de imagen.)
—Sobre un buen amigo mío —continuó—. Creo que le conoces.
¿Paddy de Courcy?
—Sí —respondí, preguntándome de que iba todo esto. Entonces
lo entendí. ¡Oh, no!—. ¿Eres… periodista?
—¡Sí! —contestó, como si eso no tuviera nada de malo—. Me encantaría
charlar contigo sobre tu relación con Paddy.
Pero Paddy había dicho, «Ni se te ocurra hablar con la prensa».
—Como es lógico, te lo recompensaremos generosamente —continúa
la mujer—. Creo que últimamente has perdido un par de clientas.
El dinero podría venirte bien.
¿Qué? ¿Había perdido un par de clientas? Primera noticia.
—Tendrás la oportunidad de explicar tu versión de la historia
—dijo—. Sé que te sientes terriblemente traicionada.
—No, yo…
Estaba asustada. En serio, muy asustada. No quería que la prensa
hablara de Paddy y de mí. Ni debí admitir que le conocía.
—¡No quiero hablar de eso!
—Pero tuviste una relación con Paddy, ¿verdad?
—No, yo, esto… sin comentarios.
Nunca imaginé que algún día tendría una conversación donde
pronunciaría las palabras, Sin comentarios.
—Lo interpretaré como un sí —dijo Grace. Soltó una carcajada.
—¡No! —dije—. No lo interpretes como un sí. Ahora debo dejarte.
—Si cambias de opinión, avísame. Grace Gildee. Articulista del
Spokesman. Podríamos hacer un gran trabajo juntas.
9.23
Llamada de Marcia Fitzgibbons, magnate de la industria e importante
clienta.
—Lola —dijo—, he oído por ahí que en la sesión de fotos de Harvey
Nichols a usted le entró el mono.
—¿El mono? —aullé.
—El síndrome de abstinencia —dijo.
—Sé lo que es un mono —repliqué—. Pero ignoro de qué me está
hablando.
—Me han contado que estuvo temblando, sudando y vomitando
—dijo—. Que ni siquiera pudo hacer algo tan sencillo como planchar
un vestido sin destrozarlo.
—No, no. Marcia, quiero decir, señora Fitzgibbons, no me entró
ningún mono. Lo que pasa es que tengo el corazón roto. Paddy de
Courcy es mi novio pero va a casarse con otra.
—Eso es lo que se empeña en contarle a la gente, según he oído.
¿Paddy de Courcy su novio? ¡No diga tonterías! ¡Lleva el pelo violeta!
—¡Molichino! —grité—. ¡Molichino!
—No puedo seguir trabajando con usted —dijo—. Mi tolerancia
con los drogadictos es cero. Es usted una excelente estilista, pero las
reglas son las reglas.
Por eso es una magnate de la industria, supongo.
Mis otros esfuerzos por defenderme fueron en vano porque me
había colgado. Después de todo, el tiempo es dinero.
9.26
Extrañaba mucho a mi madre. Me habría hecho mucho bien tenerla
conmigo en estos momentos. Recordé los días previos a su muerte,
aunque entonces yo ignoraba lo que estaba pasando, nadie me lo decía;
simplemente pensaba que necesitaba mucho reposo. Por las tardes,
cuando llegaba del colegio, me metía en su cama con uniforme y
todo, nos cogíamos de la mano y veíamos reposiciones de Eastenders.
Lo que daría por poder hacer eso ahora, por acostarme a su lado y
cogerle la mano y dormir el resto de mis días.
Si por lo menos tuviera una familia extensa que hiciera piña a mi
alrededor y me dijera, «Te queremos aunque no estés al tanto de lo
que ocurre en el mundo»…
Pero estaba sola en el mundo. Lola, la pequeña huérfana. Era
terrible decir eso, porque mi padre aún vivía. Podría ir a verle a Birmingham.
Pero sería insoportable. Sería como cuando estuvimos vi-viendo juntos después de que mamá muriera, en una casa silenciosa,
sin que ninguno supiera cómo poner una lavadora o asar un pollo y los
dos tomando antidepresivos.
Aunque sabía que era un ejercicio inútil, le telefoneé.
—Hola, papá. Mi novio va a casarse con otra mujer.
—¡Será canalla! —Luego, tras un suspiro largo y pesado, añadió—:
Yo solo quiero que seas feliz, Lola. Si tú pudieras ser feliz,
yo sería feliz.
Lamenté haberle llamado. Le había disgustado, siempre se toma
las cosas demasiado a pecho. Y el hecho de notarlo tan deprimido…
El caso es que yo también estaba deprimida, pero no me revolcaba en
mi depresión. Además, mi padre mentía. Él no sería feliz si yo fuera
feliz. Lo único que le haría feliz sería que mamá volviera a la vida.
—¿Qué tal por Birmingham?
Yo, por lo menos, había seguido adelante con mi vida después de
que mamá muriera. Yo, por lo menos, no me había trasladado a Birmingham,
y no estoy hablando de Birmingham propiamente dicho, que
tiene buenas tiendas, Harvey Nichols entre ellas, sino de un barrio
de las afueras donde nunca pasaba nada. Papá estaba deseando
mudarse. En cuanto cumplí los veintiuno puso pies en polvorosa alegando
que su hermano mayor le necesitaba, pero yo sospechaba que
quería mudarse porque encontraba demasiado difícil vivir conmigo.
(He de reconocer que yo estaba considerando la posibilidad de trasladarme
a Nueva York, pero papá me ahorró la molestia.)
—Genial —dijo.
—Me alegro.
Larga pausa.
—Bueno, tengo que dejarte. Te quiero, papá.
—Buena chica —respondió—. Eso está bien.
—Y tú también me quieres.
18.01
Voy en contra de todos mis instintos y veo el telediario con la esperanza
de que salga cobertura del parlamento y aparezca Paddy. He
de tragarme una noticia realmente horrible sobre diecisiete nigerianos
que van a ser deportados pese a tener hijos irlandeses y otra
sobre naciones europeas vertiendo sus desperdicios en países del
Tercer Mundo (y sí, decían Tercer Mundo, no «mundo en vías de
desarrollo»).
Seguí esperando que apareciera el parlamento, hombres gordos
y rubicundos de aspecto corrupto en una sala con moqueta azul gritándose
¡Rawlrawlrawl! unos a otros. Pero nada. Recordé, demasiado
tarde, que estábamos en las vacaciones de verano y que no volverían
a reunirse (o como lo llamen) hasta dos semanas antes de Navidad,
momento en que tendrían que hacer un inciso para las fiestas navideñas.
Pandilla de vagos.
Antes de apagar la tele atrajo mi atención una noticia que contaba
que la carretera entre Cavan y Dublín estaba cortada porque un
camión con seis mil gallinas había volcado y todas las gallinas habían
escapado. La pantalla aparecía llena de gallinas. Me pregunté si mi
dolor me estaba produciendo alucinaciones. Aunque alucinar con gallinas
no es muy normal. Desvié la vista, cerré los párpados con fuerza,
volví a abrirlos y miré de nuevo la tele, y la pantalla seguía repleta
de gallinas. Bandas enteras deambulando por la carretera, otras
desapareciendo tras una colina camino de su libertad, lugareños
agarrándolas por las patas y llevándoselas, un hombre con un micrófono
tratando de hablar a la cámara pero sumergido hasta las rodillas
en un mar rodante de plumas ocres.
18.55
No puedo dejar de telefonear a Paddy. Es como un trastorno
obsesivo-compulsivo. Como lavarse constantemente las manos. O
comer anacardos. Una vez que empiezo, no puedo parar.
Paddy nunca contestaba y nunca me devolvía las llamadas. Era
consciente de que me estaba rebajando pero no podía parar. Le
echaba de menos. Le necesitaba.
¡Ojalá pudiera hablar con él! Quizá no consiguiera hacerle cambiar
de opinión, pero al menos obtendría respuestas a mis preguntas.
Como, por ejemplo, ¿por qué me había hecho sentir tan especial, por
qué había sido tan posesivo conmigo, si siempre había habido otra
mujer?
Tenía la terrible sensación de que era culpa mía. ¿Cómo había
podido creer que un hombre tan guapo y carismático como Paddy
podía tomarse en serio a alguien como yo? Me sentía tan, tan estú-
pida. Y el caso es que yo no era estúpida. Superficial sí, pero estúpida
no. Había una gran diferencia. Que me gustara la ropa y la moda
no significaba que fuera tonta. Puede que no supiera quién era el
presidente de Bolivia, pero tenía inteligencia emocional. O por lo
menos creía tenerla. Siempre daba sabios consejos a otras personas
sobre sus vidas (si me lo pedían, no de forma gratuita, eso habría
sido una descortesía). Pero estaba claro que no tenía derecho a hacerlo.
Zapatero a tus zapatos, etcétera, etcétera.
Viernes, 29 de agosto
La peor semana de mi vida prosigue sin tregua.
En una sesión de fotos para la escritora Petra McGillis, llegué al
estudio arrastrando tres maletones de ropa que había llenado siguiendo
sus especificaciones, pero cuando los abrí Petra exclamó
indignada:
—¡Dije que nada de colores vivos! Dije tonos neutros, beis, tostados.
—Se volvió hacia una mujer que más tarde descubrí era su
editora y espetó—: Gwendoline, ¿en qué pretendes convertirme?
¿En un verde pistacho? ¡Yo no soy una escritora verde pistacho!
La pobre editora aseguró que ella no pretendía convertirla en
nada y menos aún en una escritora verde pistacho. Explicó que ella,
Petra, había hablado personalmente con la estilista (yo) para comunicarle
sus preferencias y que nadie más había intervenido en el
proceso.
Petra insistió.
—¡Pero dije que nada de colores vivos! Fui muy clara al respecto.
¡Nunca llevo colores vivos! Soy una escritora seria.
De repente todos —el fotógrafo, la maquilladora, la directora
artística, el camarero, un cartero que estaba entregando un paquete—
se volvieron hacia mí. Ella tiene la culpa, decían sus miradas. Esa
estilista. Piensa que la escritora es una persona verde pistacho. Y
hacían bien en acusarme. Difícilmente podía echarle la culpa a Nkechi.
Yo había atendido la llamada, y probablemente cuando Petra
dijo: «¡Nada de colores vivos!», mi alterado cerebro oyó, «¡Adoro los
colores vivos!».
Nunca antes me había pasado nada igual. Por lo general, era tan
buena captando los gustos de las clientas que estas siempre inten-
taban robar las prendas de las sesiones de fotos y me metían en
problemas con la oficina de prensa.
—Lo haremos con mi maldita ropa —dijo Petra con irritación.
Nkechi hizo un montón de llamadas, buscando un paquete de
emergencia con prendas en tonos neutros, pero sin éxito.
Por lo menos lo intentó, decían en silencio los rostros acusadores.
Esa Nkechi es una mera ayudante pero ha dado muestras de
tener más iniciativa que la propia estilista.
Debí marcharme en aquel momento, ya no tenía nada que hacer
allí. Pero me pasé el resto de la sesión (tres horas) sonriendo animosamente
y esforzándome por controlar el temblor del labio superior.
De vez en cuando me acercaba a Petra para arreglarle el cuello, para
hacer ver que tenía una razón para existir, pero fue un desastre, un
completo desastre.
Había dedicado mucho tiempo a forjarme una carrera como estilista.
¿Iba a perderlo todo en apenas unos días por culpa de Paddy
de Courcy?
En realidad, me daba igual. Lo único que quería era encontrar la
forma de recuperar a Paddy. Y si no lo recuperaba, la forma de sobrevivir
el resto de mi vida sin él. Lo sé, hablaba como un personaje
de novela gótica, pero si hubieras conocido a Paddy… En persona
era aún más apuesto y carismático que en la tele. Te hacía sentir
como si fueras la única persona que le importaba en este mundo, y
olía tan bien que después de conocerle me compré su loción para
después del afeitado (Baldessini), y aunque él le añadía su especial
toque De Courcy, una mera inspiración me bastaba para que la cabeza
me diera vueltas, para sentir que podía desfallecer.
15.15
Otra llamada de esa Grace Gildee, la periodista. Qué pesada. ¿Cómo
había conseguido mi número? ¿Y por qué sabía que Marcia Fitzgibbons
iba a despedirme? Estuve tentada de preguntarle quién más
pensaba despedirme, pero me contuve.
Después de un tira y afloja (por mi parte), me ofreció cinco de
los grandes por mi historia. Mucho dinero. El estilismo era un negocio
inestable. Una semana podías tener doce encargos y el resto del
mes, nada. Pero no me dejé tentar.
Así y todo —no era una completa idiota, aunque me sintiera como
tal—, telefoneé a Paddy y le dejé un mensaje. «Una periodista llamada
Grace Gildee me ha ofrecido mucho dinero por hablar de nuestra
relación. ¿Qué hago?»
Me llamó en cuanto hube colgado.
—Ni se te ocurra —dijo—. Soy un personaje público. Tengo una
carrera.
Siempre él y su carrera.
—Yo también tengo una carrera, ¿sabes? —le recordé—. Y se
está yendo a pique por culpa de mi corazón roto.
—No permitas que ocurra eso —dijo con suavidad—. No valgo
tanto.
—Me ha ofrecido cinco mil.
—Lola. —Su voz sonaba ahora persuasiva—. No vendas tu alma
por dinero, tú no eres esa clase de chica. Tú y yo nos hemos divertido
juntos. Conservemos intacto ese recuerdo. Además, ya sabes
que si alguna vez necesitas una ayuda, yo puedo proporcionártela.
No supe qué contestar. Aunque se estaba comportando como un
buen amigo, ¿estaba, de hecho, ofreciéndome dinero para callarme
la boca?
—Podría contarle muchas cosas a Grace Gildee —dije, envalentonada.
Una voz diferente esta vez. Una voz queda y fría.
—¿Como qué?
Menos segura ahora, contesté:
—… Como… como las cosas que me comprabas…, los juegos a los
que jugábamos…
—Que quede clara una cosa, Lola. —Tono glacial—. No quiero
que hables con nadie y menos aún con ella. —Acto seguido, dijo—:
Ahora tengo que dejarte. Estoy en medio de algo. Cuídate.
¡Y colgó!
20.30
Noche con Bridie y Treese en la enorme casa que Treese tiene en
Howth. Vincent, su marido, estaba de viaje. Por dentro me alegré.
Nunca me siento a gusto cuando él está. Siempre tengo la sensación
de que está pensando, ¿Qué hacen estas desconocidas en mi casa?
Nunca participa. Entra en la sala y saluda con un gesto de cabeza,
pero solo porque quiere preguntarle a Treese dónde le ha puesto
la ropa del tinte, y se va a hacer algo más importante que pasar
tiempo con las amigas de su esposa.
Llama a Treese por su nombre formal, «Teresa», como si se
hubiera casado no con nuestra amiga, sino con otra mujer totalmente
diferente.
Es bastante mayor. Tiene trece años más que Treese. Este es su
segundo matrimonio. Su primera esposa y sus tres hijos viven escondidos
en algún lugar. Es una persona influyente en la federación irlandesa
de rugby. De hecho, antes jugaba con Irlanda, y lo sabe todo
acerca de todo. Con Vincent no se puede hablar. Dice una frase y la
conversación se acaba ahí.
Tiene cuerpo de jugador de rugby: es ancho y musculoso, con
unos muslos enormes que le obligan a caminar de forma extraña,
como si acabara de bajarse de un caballo. Puede que muchas mujeres
—incluida Treese, por algo se casó con él— lo encontraran
atractivo. Yo no. Era demasiado culón… y ancho. Comía como una lima
y pesaba 240 kilos, pero, la verdad sea dicha, no estaba gordo.
Solo… compacto. Muy denso, como si hubiera vivido una temporada
en un agujero negro. Tenía el cuello grueso como un tonel y una cabeza
descomunal. Y pelo por todas partes. Puaj.
21.15
La comida estaba deliciosa. Treese había hecho un curso de cocina
francesa tradicional para poder preparar la clase de platos que
agradaban a los colegas del rugby de Vincent. Pegué dos bocados, mi
estómago se contrajo hasta el tamaño de una nuez y noté el sabor
del vómito en la boca.
Bridie llevaba puesto su peculiar jersey verde. Aunque yo estaba
obsesionada con mi propia persona y mi sufrimiento, no podía dejar
de mirarlo. Seguía torcido, encogido, y seguía teniendo jinetes bordados.
¿Debería decirle algo? Pero a ella le gustaba. Tenía que gustarle.
De lo contrario no se lo pondría. ¿Por qué quitarle la ilusión?
23.59, muchas botellas de vino después, pero no las del estante inferior,
pues son las botellas especiales de Vincent y le molestaría
mucho que nos las bebiéramos
—Quédate a dormir —me dijo Treese.
Treese tenía cuatro dormitorios de invitados.
—Tienes una vida de ensueño —dijo Bridie—. Un marido rico, una
casa fabulosa, una ropa fantástica…
—Y una primera esposa que no deja de pedir dinero, unos hijastros
malcriados que me ponen de los nervios y un terrible temor…
—¿Cuál?
—Que mi trastorno alimenticio ataque de nuevo y llegue a los
120 kilos y tengan que sacarme de casa con una grúa y Vincent deje
de quererme.
—¡Vincent no dejará de quererte! ¡Pase lo que pase!
Pero en un rincón secreto de mi corazón, donde daba rienda
suelta a mis pensamientos más oscuros, no las tenía todas conmigo.
Vincent no había dejado a su primera esposa y sus hijos para vivir
con Jabba the Hutt.
0.27
Arropada en Dormitorio de Invitados Número 1. La almohada más
mullida que había probado jamás, magnífica cama francesa de madera
antigua, sillas de brocado con patas arqueadas, espejos de Murano,
cortinas pesadas, forradas, hechas con telas caras y la clase de
papel pintado que solo encuentras en los hoteles.
—¡Mira, Treese! —exclamé—. La moqueta tiene el color exacto
de tu pelo. Es preciosa, todo es precioso.
La verdad es que estaba bastante borracha.
—Que duermas bien —dijo Treese—. No dejes que los gusanillos
te piquen. Y no te despiertes a las 4.36 de la madrugada y decidas
salir a hurtadillas para ir a casa de Paddy a arrojarle piedras a la
ventana y gritar improperios sobre Alicia Thornton.
4.36 de la madrugada
Me desperté. Decidí salir a hurtadillas para ir a casa de Paddy a
arrojarle piedras a la ventana y gritar improperios sobre Alicia
Thornton. («La madre de Alicia Thornton se la mama al párroco!»
«¡Alicia Thornton no se lava sus partes bajas!» «¡El padre de Alicia
Thornton maltrata al perro labrador de la familia!») Pero cuando
abrí la puerta de la calle, la alarma se disparó, se encendieron los
reflectores y oí unos ladridos a lo lejos. Estaba esperando que el
helicóptero apareciera sobre mi cabeza cuando Treese apareció flotando
en su negligé (bata) de seda rosa perla con peignoir (camisón)
a juego, mientras los reflectores proyectaban reflejos plateados en
su coiffeur (pelo) claro y brillante.
Me reprendió con calma.
—Me prometiste que no lo harías. Ahora estás atrapada. ¡Vuelve
a la cama!
Roja.
Treese volvió a conectar la alarma y regresó flotando a su
cuarto.
Sábado, 30 de agosto, 12.10, en casa
Llamó Bridie. Tras indagar sobre mi estado se produjo un silencio
extraño. Casi expectante.
Entonces me preguntó:
—¿Te gustó el jersey verde que llevé el miércoles por la noche
y otra vez ayer?
No podía responder, No, es la prenda más rara que he visto en
mucho tiempo.
Así que dije:
—¡Me encantó! —Luego—: Esto… ¿es nuevo?
—Sí —respondió Bridie, casi con timidez. Luego, como quien
guarda dentro un emocionante secreto, exclamó—. ¡Moschino!
¡Moschino!
¡Y yo creía que quizá se lo había comprado en el mercadillo del
manicomio de su barrio!
Menos mal que no se lo dije.
Aunque tampoco lo hubiera hecho. No es mi estilo. Mamá siempre
me decía que si no podías decir algo agradable, mejor no decir nada.
—¿Dónde lo compraste? —Me estaba preguntando cómo era
posible que con mis amplios conocimientos sobre moda no me hubiera
topado antes con él.
—En ebay.